title Los Vampiros de Barrio Antiguo y otras experiencias paranormales

description Hay encuentros que no se olvidan.Caminatas que se sienten distintas.Mensajes que no deberían llegar… y llamadas que nadie puede explicar.
En este episodio de Relatos de la Noche, la comunidad comparte experiencias que parecen normales… hasta que algo cambia. Presencias que no se mueven como deberían, conversaciones que continúan donde no tendrían que hacerlo, y situaciones que dejan una sensación difícil de sacudir. Historias que no dependen de lo que se ve, sino de lo que se siente cuando algo no encaja.
Apaga la luz, ponte cómodo… y escucha con atención.Porque estas historias podrían parecer lejanas… pero no lo son tanto.
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pubDate Fri, 24 Apr 2026 15:00:00 GMT

author Sonoro

duration 1796000

transcript

Speaker 1:
[00:09] Caminábamos cerca de Macroplaza. Ya era tarde, ya no había transporte y teníamos que caminar. De pronto a lo lejos vimos un par de figuras estisas completamente de negro. Y mientras más nos acercábamos, más notábamos la extraordinaria altura que tenían. Intentamos ignorarlo, pero al pasar nos dimos cuenta que empezaron a seguirnos. Y sus caras, sus caras eran espantosas, como de muertos. Buenas noches comunidad. Ojalá que estén muy bien, de verdad lo espero. Ojalá que estén muy bien, de verdad lo espero. Que estén del mejor humor para escuchar este episodio. Que todo esté bien y la única preocupación sea sobrevivir el miedo que se avecina esta noche. Por supuesto, eso no va a ser fácil. Las historias de hoy van a ver, bueno, van a escuchar. Están mucho más cercanas de lo que creen. No se dejen llevar por el título. Estas historias les podrían pasar. Ojalá que no. Voy a darles, como siempre, una última oportunidad para ir a buscar otro tipo de contenido. A lo mejor de terror, pero que de menos miedo. Porque estas historias se van a quedar con ustedes. Sobre todo si se les ocurre cometer la locura de escucharlas para dormir. ¿Listos? ¿Listas? Comenzamos. Esto es Relatos de la Noche. Hola Aurel, te mando un saludo de mi parte y de un amigo. Somos fans de tu canal y te quiero compartir algo que le pasó a un compañero de trabajo, Javo. Él mismo me dio permiso de mandarte su historia. Esto pasó en Monterrey por ahí de 1994, cuando él tenía 14 años. Ese día se juntó con otros amigos de la secundaria, cuatro, en casa de uno de ellos, por la zona del barrio antiguo. Desde la tarde estuvieron ahí entre tarea y plática y se les fue el tiempo sin darse cuenta. Para cuando quisieron reaccionar, ya era alrededor de la una de la mañana. A esa hora ya no pasaban camiones. El último salía, según ellos, poco antes de las 12. Tampoco tenían carro. Y pues en ese entonces no existía nada como Uber, solo taxis o ecotaxis y no siempre era fácil encontrar uno. Por eso fue que no les quedó de otra más que irse caminando. Antes de salir, algunos alcanzaron a marcar sus casas para avisar que llevan de regreso y se fueron los cinco, caminando por la calle Dr. José María Coz con la idea de incorporarse a la macroplaza. Javo dice que en esos años esa parte se sentía muy sola en la noche. Había tramos donde prácticamente no había nadie y la iluminación era muy poca. En una parte del camino tenían que bajar por unas escaleras para continuar. Esa zona estaba más oscura todavía y no había otra forma de rodearla. Fue ahí donde vieron a dos personas. Estaban a lo lejos, cerca de uno de los pocos faroles que alumbraban. Al principio no les pareció raro. Dos personas vestidas de negro, quietas, como si estuvieran simplemente ahí. Y no se asustaron porque ellos eran cinco. Pero mientras más se acercaban, algo empezó a parecerles muy raro. Parecía que esas dos figuras eran más altas de lo normal. Era una sensación extraña que les provocaba a verlos, como si su tamaño no estuviera bien definido al principio, pero se fuera acomodando conforme avanzaban. Aún así no hicieron ruido. Entre ellos se dijeron en voz baja que pasaran sin llamar la atención. Supongo que quisieron creer que era algún efecto de la poca luz, del farol, de las sombras. Y las figuras no se movían. Ni siquiera parecían haberlos notado. Estaban de pie, mirándose a la nada. No estaban platicando entre ellos ni nada. Simplemente viendo. Así que siguieron caminando, despacio, rodeándolos lo más posible. Jabo iba adelante. El chico que iba hasta atrás fue el único que volteó. Y en cuanto lo hizo, gritó. Dice Jabo que fue un grito horrible que los estremeció a todos. El chico gritó así porque en ese momento, al voltear, las dos figuras ya no estaban en el mismo lugar. Estaban mucho más cerca de ellos. No vio cómo se movieron, ni las escuchó caminar, pero ya estaban ahí, cerca, y los estaban viendo. Eso fue suficiente. Los cinco salieron corriendo sin pensarlo. No voltearon, nada más corrían escuchando sus propios pasos y algo más atrás. Hasta que vieron un taxi a lo lejos. El señor estaba dentro y al verlos venir así desesperados, abrió las puertas sin preguntar nada. Se subieron como pudieron prácticamente aventándose y el señor arrancó en ese instante. Y cuando el carro empezó a moverse, uno de ellos escuchó algo atrás. Un golpe, como si alguien hubiera alcanzado a pegarle a la cajuela. Pero nadie quiso voltear. Ya en movimiento, el taxista preguntó qué estaba pasando, que quiénes eran esos que lo seguían, pero no se detuvo. Fue en ese momento cuando el que venía hasta atrás, el chico que los vio acercarse, empezó a quejarse. Decía que le ardía mucho la espalda, que le quemaba. Al principio pensaron que era por la corrida o por el susto, pero cuando uno de ellos le levantó la camiseta, vieron que tenía una especie de gritación que le cruzaba toda la espalda, roja, marcada. Como una reacción fuerte en la piel, pero con forma. Tres líneas que bajaban desde el hombro hasta casi la cintura. Nadie dijo nada. El taxi siguió avanzando por Padre Mier. Iban en silencio todavía tratando de entender que había pasado, hasta que, al dar vuelta en una calle, el taxista habló otra vez. ¿Esos son? ¿Ahí están? Los cinco voltearon al frente. A lo lejos sobre la banqueta venían caminando dos figuras. Iguales, mismo negro, misma altura, avanzándose a donde ellos estaban. El taxista no esperó más. Dio la vuelta en una en ese momento y tomó otra calle alejándose. Y por suerte ya no volvieron a verlas. El taxista fue dejando a cada uno en su casa. Nadie quiso quedarse solo en ese momento, pero no había de otra. Javos dice que cuando llegó su mamá lo regañó por la hora, pero también le preguntó por qué se veía así. No le contó en ese momento. Esa noche no pudo dormir. Al día siguiente en la escuela se reunieron otra vez los cinco para hablar de lo que había pasado y todos coincidían en lo mismo. En que esas figuras no se movieron como personas, en que cambiaban de lugar sin que nadie las viera hacerlo y en que de alguna forma parecía que solo reaccionaron cuando alguien las miró directamente. Y yo, comunidad, yo aclaro, no digo que eso sean, pero cuando Jabo me contó esta historia los llamó los vampiros del barrio antiguo. Hola, ¿cómo estás Uriel? Te mando un saludo a ti y a la comunidad. Esto pasó hace apenas unas semanas. No es algo que me haya pasado directamente a mí, pero estuve ahí, aunque no sea protagonista. Y lo vi. Y la verdad, todavía no tengo la más mínima idea de cómo empezar a explicarlo. Todo empezó porque un amigo de la prepa perdió a su mamá. Teníamos ya años sin vernos. Era de esos amigos que fueron muy, muy cercanos en su momento, pero la vida nos fue alejando. Y aún así, cuando me enteré, sentí que tenía que ir a verlo. Fui al velorio. Lo vi muy mal, como de esperarse. Su mamá era una persona lindísima y yo la quería mucho. Estuvimos un rato ahí, platicando. Al principio lo típico, pero poco a poco la conversación se fue haciendo más personal. Recordamos cosas de la escuela, gente que ya ni vemos. Y también hablamos de su mamá, de los recuerdos que yo tenía con ella. Me dijo que no sabía qué hacer con todo lo que sentía, que había muchas cosas que se le quedaron sin decir. Ya saben, lo que pensamos cuando perdemos a alguien, cuando quizás no lo dijimos suficientes veces, o mucho que los queremos. Pero lo raro en esta historia comienza unos días después, cuando él de la nada me volvió a escribir. Me dijo que había estado haciendo algo, que no sabía por qué, pero que sentía que solo me lo podía contar a mí. Y la verdad que desde ahí me sentí raro, desde ese momento, y le pregunté qué era. Me dijo que le había estado mandando mensajes a su mamá, así, tal cual, que sabía que no los iba a leer, pero que le ayudaba a desahogarse, que le escribía como si ella todavía estuviera ahí. La verdad, esto, realmente todavía no me parecía raro, pero luego me dijo otra cosa, que el día anterior, uno de los mensajes, se había marcado con doble palomita, como si se hubiera entregado. Le dije que no tenía sentido, que seguro el número ya estaba activo otra vez o que lo habían resignado, pero además la muerte acababa de pasar, ni siquiera lo había reportado o había cancelado la línea. Y además ahí me explicó algo que me hizo muchísimo ruido, que cuando enterraron a su mamá, él mismo le metió a la taúd algunas de las cosas que ella siempre estaba usando, entre ellas su celular y unas tijeras con las que podaba sus plantas. Ay, sí, ya no supe qué decirle. Aún así traté de mantenerme lógico. Le dije que tenía que haber una explicación, que alguien pudo haber sacado el teléfono o cualquier cosa, y por eso le propuse ir a verlo. Cuando llegué a su casa la noté distinto, no estaba triste como en el velorio, estaba... inquieto, como si no hubiera dormido en mucho tiempo, y luego me dijo algo que acababa de cambiar. Me dijo que ya no eran solo las palomitas de entregado, me dijo que ahora le estaban respondiendo. Le dije que no dijera tonterías, que alguien le estaba jugando una broma y él no discutió, nada más me extendió el teléfono y la conversación estaba abierta, comunidad. Eran mensajes largos, muy largos de él, cosas que le contaba, recuerdos, le pedía perdón por muchas cosas, pero entre esos mensajes había... había respuestas, se los juro por Dios, cortas, simples, no eran muchas, pero estaban allí. Claro, le dije que eso no probaba nada, que cualquiera podría haber escrito y fue cuando se me acercó un poco y me dijo que iba a preguntarle algo que nadie más sabía. Agarró el teléfono y escribió, mamá, sabes quién está aquí, ¿verdad? ¿Por qué nos dejamos hablar nosotros dos? Nos quedamos viendo a la pantalla. Yo no sé por qué, pero tenía mucho, mucho miedo. No pasaba nada. Un segundo, dos, varios. Yo ya estaba a punto de decirle algo. Y en ese momento llegó un mensaje. Por Pablo. Se me revolvió el estómago porque, porque era cierto. Porque ese era el motivo por el que nos habíamos distanciado. Y no era algo que él anduviera contando. Era algo que solo podíamos saber él y yo. Se me quedó viendo y me dijo, ¿Ves? Luego dijo que iba a preguntarle otra cosa. Que él iba a preguntar dónde estaba y cuándo iba a volver a verla. Y yo no sé por qué, pero en ese momento sentí que algo no estaba bien. Como si eso no fuera algo con lo que se debía seguir. Así que antes de que terminase de escribir, le quité el teléfono y sin pensarlo, lo azoté contra la pared y se rompió. Pero lo volví a agarrar y lo golpeé otra vez contra el piso hasta que ya no prendió. Mi amigo se puso como loco y lo entiendo. Me empujó, casi nos agarramos a golpes. Me gritó que qué me pasaba. Lo único que dije fue que eso no era su mamá y que no siguiera con eso. Se enojó y me corrió de su casa. Desde entonces no hemos vuelto a hablar. Yo sé que estaba pasando por algo muy fuerte y sé que tal vez lo que hice no fue lo mejor, que no tenía ningún derecho, pero también siento que no podía dejar que siguiera, que algo estaba a punto de aprovecharse de él. No sé qué era eso. No sé si de verdad hay algo del otro lado que pueda ser algo así, o si todo tiene una explicación que no estamos viendo. Pero me quedé con esa duda y por eso quería compartirlo aquí, y preguntarles. ¿Ustedes creen que algo así pueda pasar? Que el más allá pueda manifestarse a través de algo tan simple como un mensaje, ¿o de un teléfono? Gracias por seguir por aquí, comunidad. Hoy no quiero decirles que voten por nosotros para los premios de Spotify o que compren el libro o que nos dejen un comentario. Nada de eso. Hoy no tienen que hacer nada de eso. Hoy quiero decirles gracias. Gracias de todo corazón porque Spotify cumple 20 años y publicó sus listas de los más escuchados de la historia en artistas, canciones, podcasts. Y pues, somos el 10. El décimo podcast más escuchado de la historia de Spotify, el más escuchado en español también de toda su historia. Y esto, este proyecto que salió de una casita cayéndose en Tijuana, Baja California, me da muchísimo orgullo por todo lo que hemos construido juntos y es un orgullo que va más allá de ser un podcast de México, de Latinoamérica. De verdad, me pone extremadamente feliz saber que somos el podcast más escuchado en español, que representamos en esa lista mundial un país, una raza, un idioma que nos une. Gracias de verdad por siempre. Este es el proyecto de mi vida. Ustedes son mi vida y todo lo bueno que ocurre, ocurre por esta comunidad. Pero bueno, basta de cursilerías porque aquí venimos a asustarnos. Así que continuamos con más historias esta noche. Hola Oriel, ojalá puedas mantener esto en anónimo. Te mando un saludo a ti y a la comunidad de Relatos de la Noche. Esto que te voy a contar no es una historia de miedo como tal, pero en mi familia siempre se ha sentido como algo que no se terminó de cerrar. Llenes desde hace varias generaciones. Según lo que nos han contado, todo empieza con mi tátara tátara abuela. Ella llegó a México desde Francia siendo niña junto con su mamá. Nunca se supo bien por qué huyeron, solo que venían escapando de algo. Se establecieron en un municipio de Nuevo León. Ahí fue donde creció y donde empezó a acercarse a cosas que hasta hoy en mi familia nadie menciona con claridad. Solo dicen que su mamá sabía de trabajos, de rituales, cosas así. Con los años mi tatara tatarabuela terminó aprendiendo también. Después se casó y tuvo una hija que sería mi tatarabuela. Allí intentó enseñarle lo mismo, pero se negó. Nunca quiso saber nada de eso. Siempre dijo que le daba miedo, aunque nunca explicó exactamente por qué. Allí es donde según mi familia todo se complica. Y es que verán, durante la revolución el esposo de mi tatarabuela fue reclutado. No se bien en qué grupo estaba ni esos detalles, solo que en una de las vueltas que dio regresó muy mal, herido, prácticamente muriendo. Mi tatarabuela le pidió ayuda a su mamá y lo que le respondió fue algo que se quedó en la familia. Que cuando la muerte ya viene por alguien, no hay remedio que la detenga, a menos que se le de otra cosa a cambio. No sé exactamente qué hicieron esa noche, nadie lo sabe. Solo se dice que fue a puerta cerrada y que no dejaron entrar a nadie. Pero después de eso él se recuperó, vivió muchos años más y eso en su momento se tomó como un milagro. El problema es que no fue gratis, eso se supo mucho tiempo después. Años más tarde mi familia se fue a vivir a San Luis Potosí y hasta pensaron que al cambiar de lugar podían dejar atrás lo que fuera que se había hecho. Pero no pasó. Mi bisabuela sin saber nada del pacto siempre decía que sentía algo raro en la familia, por eso se volvió muy devota, se metió mucho a la iglesia como si estuviera tratando de compensar algo que ni siquiera entendía. Y fue ahí cuando empezó el patrón. En la familia se empezó a notar que cada 14 de febrero pasaba algo. Al principio eran cosas que podían parecer coincidencias, pero con el paso del tiempo se volvió imposible ignorarlo. Se perdieron 12 veces en la familia, por ejemplo, en embarazos distintos, los dos un 14 de febrero. Años después, una hermana de mis abuelas fue a visitarla con sus hijos. Dijo que había soñado con ella y que tenía que verla. Ese día, uno de los niños cayó por unas escaleras. Rodó hasta las vías el tren y en ese momento, el tren se movió unos metros hacia atrás. Y ahí murió, también 14 de febrero. Ya me acerca en el tiempo cuando yo era un niño, tuvimos un accidente en carretera. Íbamos varios de la familia y todos salimos heridos menos una sobrina. Ella no tenía nada y eso fue lo que llamó la atención porque de alguna forma, ella era ya de otra generación. Los años pasaban y en esa fecha siempre ocurría algo. Pero lo más fuerte pasó en 2006. Ese día un tío tuvo un accidente y quedó muy grave. Casi al mismo tiempo en otra parte, dos tías y una prima iban en carretera cuando su carro se incendió. No pudieron salir. La única persona que sobrevivió fue una amiga que iba con ellas. Ella contó que intentó ayudar, pero que los cinturones de ellas no se soltaban. Solo logró sacar el suyo. Ese día también fue 14 de febrero. Fue demasiado. Ahí fue cuando mi familia empezó a buscar explicaciones. Y fue cuando salió el diario. Y es que dicen que existía un cuaderno que había dejado la mamá de mi tatarabuela. Y es que dicen que existía un registro de la mamá de mi tatarabuela. Y que ahí venía escrito algo sobre ese trabajo. No les voy a mentir. No lo vi. No lo vimos todos. Eso lo leyeron mi abuelo y sus hermanos. Pero lo que alcanzaron a decir es que hablaba de un intercambio. De que la vida de ese hombre se había sostenido a cambio de algo que iba a seguir cobrando a la familia. Y que eso no se iba a terminar. Hasta cierta generación. No sé exactamente cómo estaba escrito. Nadie lo repite igual. Todos usan palabras distintas pero coinciden en lo más importante. En que no era algo que se pudiera romper. Ni solucionar. Después de eso lo único que hicieron fue esperar. Y con el tiempo algo cambió. Un año en que lo que llegó el 14 de febrero fue una niña a la familia. Nació una bebé. Y desde entonces, ya no volvió a pasar nada. No sé si eso tenga que ver. No sé si de verdad se terminó. Pero en mi familia esa fecha sigue sintiéndose distinta. No como antes, pero tampoco como cualquier otro día. Sigue habiendo algo de miedo. Hola Oriol, un saludo para todos los que nos lleguen a escuchar si este mensaje llega a publicarse. Estuvo son 2023 regresando de viaje en carretera con unos amigos. Íbamos 5 en el carro y todo era muy normal, de esos viajes que hacemos nomás para despejarnos un rato. Salimos en la tarde y ya veníamos al regreso de noche. Todo iba súper tranquilo, música, plática, nadie pensando en nada raro, en nada que diera miedo, para nada, ¿eh? Hasta que a uno de los que iba con nosotros le empezó a entrar una llamada y... era su novia. Desde que vimos el nombre Barrio nos volteamos a ver. Él ya nos había contado que la relación estaba pesada, que la chica era muy celosa, muy controladora, de esas personas que quieren saber todo el tiempo dónde están, con quién y por qué no contestan. Él dudó en contestar, para el final lo hizo y... no sé por qué, pero le puso un altavoz. Al principio nos reímos porque era lo típico, que dónde estaba, que por qué no le había avisado que había salido, que con quién iba. Él trató de llevarla tranquilo y le dijo que estaba con nosotros, con puros amigos, que habíamos salido un rato nada más. Pero hubo un momento donde ya se quedó en silencio y fue un silencio bien raro, y luego dijo algo que nos hizo voltearnos a ver entre todos. Empezó a decir, exactamente por dónde íbamos. La carretera, una curva que acabábamos de pasar, incluso mencionó un letrero que estaba a un lado del camino cuando íbamos pasando. No reímos porque pensamos que era coincidencia, que tenía tal vez un rastreador o algo así, un airtack, que estaba adivinando que ya le había dicho antes por dónde íbamos a ir. Pero luego dijo algo más específico, algo que acaba de pasar segundos antes con nosotros, y ahí ya nadie se rió. De hecho, le preguntamos cómo se ve eso. Su novio también se lo preguntó, y lo que contestó fue lo que cambió todo. Dijo muy tranquila, porque llevan a mi muerto con ustedes. Se hizo silencio en el carro, pero sepulcral como dicen. Nadie supo qué decir. Pensamos que era una broma de mal gusto, pero una broma. Y le dijo que dejará de decir cosas así, que no era chistoso, pero ella no se rió ni cambió el tono. Nada. Sigue hablando como si nada, regañándolo, y como si estuviera viendo lo mismo que nosotros, descubriendo lo que había delante, lo que acabábamos de dejar atrás. En algún momento uno de nosotros le pidió que colgara, que ya estaba bien y él terminó la llamada, pero ella siguió hablando y hablando y hablando, y cada que sonaba el teléfono y él no contestaba, todos sentíamos un miedo extraño que hasta tiempo después nos animamos a confesar. Nadie quiso tocar su teléfono, nadie quiso contestarle como lo hubiéramos hecho a la novia de algún otro amigo, a una chica normal. Seguimos manejando así un buen rato en silencio. ¿Hasta que uno de nosotros le preguntó a él directamente. Qué? ¿Qué estaba pasando? Y fue cuando él dijo algo que no nos había contado antes, que su novia estaba metida en algo, que su familia tenía una religión o algo así muy raro y que su mamá hacía trabajos. No explicó más. Y la verdad nadie le pidió que explicara. Esa noche se nos hizo larguísima. Nadie durmió bien. Nadie quiso hablar mucho del tema y lo más raro es que él siguió con ella, pero dejó de juntarse con nosotros. Se fue alejando poco a poco hasta que ya no supimos más. Y hasta hoy, ninguno de los que íbamos en ese carro ha vuelto a mencionar esa noche. Pero a mí no se me olvida sobre todo esa frase. Porque llevan a mi muerto con ustedes.