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Speaker 1:
[00:22] Yo nunca fui a acampar por gusto. Si yo al monte era por trabajo, no por romantizar árboles ni silencios. En ese tiempo yo trabajaba en construcción en una cuadrilla donde casi todos éramos latinos. Dos mexicanos, un guatemalteco, un hondureño y un salvadoreño. Así como un gringo joven que entraba y salía según la obra. Pasábamos semanas enteras levantando estructuras, metiendo eslamiento, colando, cargando madera. Puro trabajo pesado. Y cuando sacaba una obra grande, a veces los muchachos querían irse a tomar o hacer algo diferente. Solamente para soltar el cuerpo. Así fue como terminé en ese bosque. La idea fue de Beto, un hondureño que siempre andaba inventando planes. Dijo que tenía un primo viviendo en Washington y que conocía un sitio bueno para acampar cerca de un lago pequeño. En una zona donde no había tantas personas. Puro monte bonito, dijo. Como para asar carne, tomar unas cervezas y despejarnos. Éramos cinco los que fuimos al final. Beto, el chino, que en realidad era de Zacatecas. Samuel, un salvadoreño tranquilo. Y Julián, el guatemalteco que tenía miedo a todo, pero nunca lo aceptaba. Y por último, su servidor. Manejamos varias horas. Mientras más subíamos, el camino se hacía más verde, más frío y más cerrado. Yo soy del norte de México, así que ese tipo de bosque siempre me ha resultado raro. En vez de monte seco, cerro abierto. Allá todo parecía demasiado vivo. Troncos altísimos, alechos, tierra negra, humedad en el aire, ramas cubiertas de musco. No veía bonito el paisaje. Lo veía como un sitio donde uno puede perderse muy fácilmente. El lugar donde acampamos no era un parque bien arreglado. Era una zona apartada con una abertura de tierra donde ya otras personas habían hecho fogatas antes. Había espacio para dos o tres camionetas, unos troncos caídos que servían de asiento y una vereda que bajaba hacia el agua. No se escuchaba carretera, no se escuchaba nada que recordaba civilización. Solamente era el puro bosque. Montamos las casas de campaña, prendimos el asadero improvisado y al principio todo estuvo bien. Comimos, tomamos, pusimos música bajita en el celular. El chino era el más animado. Beto se la pasó hablando de mujeres y de dinero que todavía no tenía. Samuel casi no hablaba, pero se ría cuando los otros empezaban con tonterías. Juliana, aunque fingía estar a gusto, a cada rato miraba hacia los árboles, como si desde el principio algo le diera mala espina. La primera cosa rara pasó todavía con luz. Estábamos bajando una hielera cerca del agua cuando Samuel se quedó quieto. Se quedó mirando hacia el otro lado del lago. Ahí fue cuando nos señaló algo entre los árboles, en una franja donde entraba menos el sol. Al principio pensé que era un tronco parado, una sombra rara, y luego se movió. Parecía una figura grande, oscura. Beto dijo enseguida que seguramente era un oso. Eso calmó un poco el ambiente porque un oso, aunque peligroso, seguía siendo una explicación normal. El problema fue que la cosa no cambió como yo esperaba. Dio unos pasos entre los árboles lentos y desapareció detrás un tronco. No fue suficiente para ver qué era, pero se me quedó una sensación incómoda, como si la figura hubiera sido demasiado alta. Al final lo dejamos pasar. Ya de noche, cuando el fuego estaba fuerte y el alcohol empezaba a pegar, volvimos a hablar de eso. Julian insistía en que no era un oso. Beto se burló y le dijo que mejor se fuera a dormir con la señora del pueblo, si tanto miedo le daba. Samuel no se rió. Solo dijo que fuera lo que fuera, lo mejor era no dejar comida fuera. Eso sí lo hicimos. Guardamos todo en la quemoneta y apagamos la música. El bosque se volvió muchísimo más presente en cuando nos quedamos callados. Uno no se imagina cuánto ruido hace un bosque hasta que deje de hablar. Ramas tensándose, agua moviéndose a lo lejos. Algún ave nocturna o algo corriendo entre hojas secas. Había una capa de sonido constante debajo de ella y se sentía otro silencio más pesado. A medianoche el fuego ya era puro rojo. Beto y el Chino seguían despiertos y yo me fui a la casa de campaña porque el día siguiente quiera manejar de regreso temprano. Me acosté vestido con la chamarra puesta y tarda un rato en dormirme porque todavía se escuchaban sus voces afuera. No sé cuánto tiempo pasó antes de que me despertara el primer golpe. Fue un sonido seco, como una piedra golpeando la lona o el suelo muy de cerca y después puro silencio. Abrí los ojos sin moverme y luego vino otro golpe y otro, él tal vez más lejos del lado de la fugata. Escuché a Beto decir algo en voz baja y así borrachera y después se cayó. Salí de la casa de campaña despacio. El fuego estaba casi muerto, Samuel y Julián también ya estaban afuera y nadie hablaba. Beto señaló hacia la oscuridad detrás de los árboles donde terminaba la luz de nuestras lámparas. No vi nada al principio, solo negrura. Entonces escuché el sonido. Un paso pesado sobre ramas húmedas. Se oyó uno, luego otro y luego otro más. No eran zarpasos rápidos ni trote. Eran pasos medidos como si algo grande estuviera rodeando el campamento sin apurarse. Beto murmuró que no era un oso. Nadie le respondió. La razón por la que nadie le respondió fue simple. Los pasos no sonaban como si vinieran en cuatro patas. Sonaba como una cosa grande andando despacio, poniendo el peso de forma distinta. No sé cómo explicarlo mejor. Uno reconoce el ritmo de un animal más o menos. El todo tenía otra cadencia. Era más despacio y se sentía que era más alto. Julian dijo que nos metiéramos a las camionetas. Joel estaba a punto de decir que sí cuando una piedra cayó directamente junto al tronco donde habíamos dejado unas cervezas. No rebotó desde arriba. No vino de un árbol. La aventaron directamente desde el bosque. Eso nos dejó helados a todos. Beto agarró una lámpara fuerte y apuntó hacia la línea de árboles. La luz recorrió troncos, ramas, monte bajo y entonces la agarró por un segundo. Había algo parado entre dos árboles. No completo. No bien, pero sí lo suficiente. Les juro que era altísimo y oscuro, cubierto de pelo o sombra. No sabría decirle esa ciencia cierta. Y en la forma general parecía la de un hombre enorme, ancho de hombros con brazos largos pegados al cuerpo. Cuando la luz apenas lo rozó se quitó y cuando Beto volvió a apuntar esa cosa ya no estaba. Ahí se acabó la idea del oso. Lo primero que quiso hacer el chino fue reírse como si quisiera deshacerse con burla lo que habíamos visto. Pero no se le salió porque la voz se le quebró. Samuel dijo que mejor nos hubiéramos todos a una sola camoneta y no nos separáramos. Nos metimos los cinco apretados en la de Beto y nadie prendió el motor porque aunque ahora suene tonto. En ese momento lo que menos queríamos era llamar más la atención. Solo dejamos las luces apagueadas y las ventanas apenas abiertas. Los pasos siguieron alrededor del campamento. A veces cerca, a veces más lejos. Luego venían periodos de silencio y de repente un golpe contra alguna hielera o una piedra aventada se el claro. Todo lo que estaba allá afuera daba la impresión de estar tanteándonos. En uno de esos silencios escuchamos un sonido que no se me olvida. Fue un grito. No como de animal herido sino más bien un alarido largo, quebrado, casi humano. Al menos al principio. Porque luego se el tiró de una forma imposible. Venía de arriba del monte como si la cosa se hubiera alejado unos metros y quisiera hacerse escuchar desde otro ángulo. Julián empezó a rezar en voz baja y Beto le dijo que se callara. Samuel no dejaba de mirar por el espejo lateral. Yo trataba de controlar la respiración porque me estaba empezando a marear el miedo. Lo peor no era lo que veíamos. Era lo que nuestra cabeza complementaba en la oscuridad entre sonido y sonido. En algún momento cerca del altoso 3 de la mañana volvió a escucharse el andar pesado, pero esta vez llegó hasta la parte de atrás de la camioneta. Lo sentimos y no solamente lo escuchamos. La suspensión bajó apenas como si algo hubiera apoyado peso en la caja. Ninguno de nosotros se movió. Luego escuchamos un rostro lento sobre el metal como una mano a unas uñas pasando por la parte de atrás. Samuel apretó los dientes tan fuerte que se le marcó la mandíbula. Beto que se había burlado de todos al inicio ya estaba blanco. Pasaron unos segundos largos y después el peso desapareció. Esa cosa dio dos pasos hacia atrás. Y entonces vimos la silueta completa por primera vez. No porque se acercara la luz, porque la luna salió entre las nubes justo en ese momento y la dibujó como una franja más clara en el bosque. Era enorme. Mucho más alta que cualquier hombre normal. Tal vez no tanto como uno imagina las historias exageradas, pero si lo suficiente para que el cuerpo entendiera el instante que no estaba hecho para ver algo así erguido. Todo en esa forma resultaba incorrecto. Los brazos demasiado largos, el cuello corto, la cabeza ligeramente hundida entre los hombros. No era gordo ni pesado como un oso. Era macizo, sí, pero con una proporción casi humana y solamente que deformada. Se quedó quieto mirándose la camoneta. No vimos ojos brillantes, ni dientes, ni nada de película. Vimos una presencia, una más oscura que estaba respirando. Luego giró y se perdió entre los árboles con una rapidez que tampoco correspondía con su tamaño. Esperamos varios minutos antes de hablar. Beto dijo que arrancáramos de una vez y lo hicimos sin bajar por nada. Dejamos hieleras, cobijas, comida y hasta una bocina. Salimos del claro con las luces largas prendidas y el corazón en la garganta. Joe iba volteándose atrás todo el tiempo convencido de que algo iba a salir detrás de nosotros al camino. Pero no salió. No salió, pero ya en la terracería antes de alcanzar la carretera Samuel gritó que miráramos hacia el bosque. Del lado izquierdo paralelo a nosotros algo se movía entre los árboles. No lo veíamos completo. Solo fragmentos de sombra entre troncos perciban nuestra velocidad. Eso duró unos segundos y luego desapareció. Nadie habló hasta llegar a una gasolinera abierta y ya en una zona donde había luz de verdad y otras personas. Ahí nos bajamos todos y nos quedamos como idiotas sin saber qué decir. Julián fue el primero a romper el silencio. Dijo lo que todos estábamos pensando, de que no había sido un oso. Beto quiso volver a lo racional hablando de un alza grande, de un hombre perdido, de alguien queriendo asustarnos. Pero ni él mismo se escuchaba convencido. Volvimos al campamento y entrar a la mañana y cuando había más claridad y otros autos pasando en la carretera. No queríamos dejar las cosas y el claro se veía completamente normal cuando llegamos. Demasiado normal como si se estuviera burlando de nosotros. Recuperamos lo que pudimos. Algunas cosas estaban tiradas y otras movidas. En la tierra húmeda del lado de atrás de la que moneta encontramos marcas. No eran huellas perfectas, pero sí se notaban impresiones largas, profundas, como algo parecido a dedos. Aunque eran demasiado grandes para un humano normal y demasiado estrechas para un oso. Beto las borró con el pie casi al instante. Nadie volvió a querer quedarse ahí una segunda noche. Regresamos a la ciudad antes del mediodía y durante un tiempo intentamos convertirlo en una anécdota de borrachera o de saceración del bosque. Cada quien lo contó distinto. Unos decían algo grande, otros un animal raro. Yo mismo traté de suavizarlo por mucho tiempo. Pero con los años me quedó claro que lo más aterrador no fue la figura, sino más bien la conducta. No era un animal que pasaba por ahí, se asustó. Nos estuvo rodeando y nos tanteó y nos aventó piedras. Se subió a la camoneta y se mantuvo justo fuera del alcance de nuestras luces. Había una intención clara en todo aquello. Por eso el título que le pongo a mi cabeza siempre es el mismo. No era un oso. No sé qué era. Y ya a altas alturas ya tampoco quiero saberlo. Sólo que desde entonces no vuelvo a meterme a bosques apartados por relajación. Y si alguna vez escucho caer piedras alrededor de un campamento no me espero la segunda. Porque hay una diferencia enorme entre perderse en el monte y también darte cuenta de que algo ya te encontró primero.