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Speaker 1:
[00:03] Salieron de la autopista y entraron por un camino tranquilo. Allí podrían descansar un momento. Sin embargo cuando salieron a fumar sintieron algo. Los dos, como si alguien los observara. Se pusieron alertas y caminaron alrededor para ver si había alguien en la oscuridad. Pero lo que encontraron fue un letrero viejo, algo que les decía en donde se habían metido. Decía, cementerio municipal. Gracias por estar de nuevo en te escuchando Relatos de la Noche Comunidad. Gracias por ser parte de esta familia. Y aunque parezca disco rayado, yo lo sé, voy a volver a decir que espero, espero de verdad que se encuentren de muy buen humor, que todo vaya bien para escuchar historias de fantasmas. Pero si no, si hoy por alguna razón necesitas un poquito de ánimo, si se viene una semana difícil, si las cosas no están como deberían, te mando un abrazo, que no solo va de parte mío, espero que sientas que es un abrazo de los 4 millones y medio de personas que forman parte de esta comunidad. Así que eso, espero que hoy estas historias te hagan tener un ratito llevadero y ya después nos preocupamos por los problemas de la vida real. ¿Vale? Déjate llevar por las siguientes historias. Sumérgete en los siguientes Relatos de la Noche. Hola Uriel, soy seguidor en Spotify y quiero compartir con tu comunidad lo que vivimos en el departamento de bomberos donde trabajé. Soy Renato Acosta, hijo, porque ahí solíamos estar mi papá y yo. Le mando un saludo a mis compañeros de aquel entonces. Éramos bomberos en la ciudad de Puerto Peñasco, en Sonora, y todo comenzó cuando nos solicitaron apoyo de la ambulancia para el traslado urgente de un paciente de la ciudad de Mexicali, en Baja California. Un trayecto de unas tres horas y media. Dos compañeros, un bombero y un paramédico se apuntaron de inmediato para hacerlo. Emprendieron un viaje por carretera y lo terminaron sin complicaciones. Pero la cosa cambió en el camino de regreso. Se salieron en una desviación de la carretera que se veía tranquila, para descansar y estirar las piernas y no hacerlo justo al lado de la autopista. No habían tenido oportunidad de descansar desde que aceptaron el traslado oracentes. Sin embargo, cuando bajaron de la ambulancia sintieron algo. Tenían una sensación muy clara de que los estaban viendo. Algo o alguien desde la oscuridad. No era algo que pudieran ignorar. Los dos lo sentían así que entre broma y broma caminaron un poco, alejándose del camino, y encontraron un letrero que señalaba dónde estaban. Decía, ante un municipal. Era extraño porque ni siquiera recordaban que hubiera casas cercanas, un municipio, de rata la incomodidad que decidieron no descansar y continuar. Se subieron a la ambulancia y escucharon algo en la parte de atrás. Como si alguien se hubiera subido y se hubiera escondido ahí. Prendieron la luz, revisaron, no había nadie, pero de alguna forma podían sentir que no iban solos. Se regresaron más rápido que en el camino de Ida con el paciente. Llegaron a la estación pálidos y cuando nos contaron, debo confesar que la mayoría lo tomamos a broma. Y así hubiera quedado de no ser porque a partir de entonces, empezamos a vivir cosas ahí, en el departamento de Fomberos. Les juro que a veces se escuchaba que alguien corría. Pasos pequeños, cortitos, como de niño. Después llegaron los olores. De repente todo el lugar, en la noche sobre todo, olía a flores. A flores muertas. Empezamos de alguna forma a aceptar que había algo con nosotros. Y cuando lo hicimos, como si eso que estaba ahí entendiera, se empezó a manifestar. Más. Empezamos a escucharla. Risas como de niña se escuchaban en la noche, en las zonas oscuras, pero siempre muy cerca de nosotros. Lo más fuerte le ocurrió para médico. Ni siquiera de madrugada, apenas oscureciendo. De repente lo escuchamos gritar y fuimos a ver qué tenía. Dijo que la había visto, que había visto a la niña, que se estaba asomando a donde él estaba y que la había visto con toda claridad. Les habló de una persona que estaba acostumbrada a ver emergencias, ayudar en situaciones muy difíciles, de una persona valiente que sin embargo estaba pálido de terror. Ahí sí, ya nadie quería verla, nadie la quería allí. Intentamos todo lo que nos aconsejaron para hacer que se fuera, pero nada funcionó. Y fue hasta que tocó otro traslado a Mexicali que se le ocurrió algo a los dos compañeros que se la habían traído. Antes de partir abrieron la ambulancia y le dijeron al aire. Vente, tienes que venir con nosotros, niña. Y entonces emprendieron el viaje. Y cuando volvían a Peñasco se salieron de la carretera en el mismo lugar. Tomaron el camino oscuro al panteón. Se detuvieron como la primera vez. Ahí uno de ellos dijo. Bájate, con nosotros no está tu hogar. Aquí estás en casa. Pasaron unos segundos, minutos. Parecía que no ocurría nada y de pronto, de pronto se sintió como un suspiro. Como si un peso se les hubiera ido de encima a ellos y a la ambulancia. Y tómenlo como casualidad o como quieran. Pero desde esa noche ya no se volvió a escuchar risas, ni pasos, ni se vio nada extraño en el departamento de bomberos. Yo al menos Comunidad, nunca voy a detenerme a descansar cerca de un cementerio. Hola Uriel, te mando esta historia porque todavía no sé muy bien qué fue lo que pasó, pero mientras viví ahí me dejó bastante inquieto. Esto ocurrió hace unos años cuando me mudé al centro de la ciudad por trabajo. Yo no soy de la capital y necesitaba algo amoblado, así que terminé rentando un cuarto en una vecindad vieja, de esas que parecen una callecita interna con departamentos pequeños a los lados de techos muy altos. De principios del siglo pasado, era un lugar raro pero muy tranquilo. No era barato pero estaba muy cerca de mi nuevo trabajo. La entraba daba un portón metálico grande. Al cruzarlo había un pasillo largo con apartamentos de ambos lados. Eran pequeños para las familias de antes, pero excelentes para parejas o para mí. El mío hasta me quedaba grande. Los muebles que tenía eran lo básico. Una cama, una mesa, una cocina funcional, una sala algo incómoda pero bonita y un baño diminuto. Nada lujoso pero suficiente y repito, en una excelente ubicación. La señora que administraba el lugar era una mujer mayor que vivía ahí, en la primera puerta. Ella fue quien me rentó el departamento. Me explicó que el contrato podía ser por mes o incluso por tres meses. Antes también lo rentaban por semana pero ya no les convenía. A mí me vería muy bien asegurar un hogar por tres meses, así que ese fue el que elegí. Mi cuarto estaba casi al fondo del pasillo, lejos de la calle, más silencioso. Lo primero que noté es que la pared detrás de mi cama daba directamente al departamento del lado, y me tocaba escuchar muchas cosas. Las paredes eran delgadas, de las que se escucha todo, y se la pasaban tallando la pared. Pero lo curioso es que nunca escuché una voz al otro lado, ni televisión, ni música, ni pasos, como si viviera alguien solo como yo también ahí. Pero no, lo único que se escuchaba algunas noches era un ruido raro, como si alguien rascara la pared. Al principio pensé que eran ratas, en edificios viejos del centro es bastante común, pero... Pero luego me di cuenta de que no sonaba exactamente como un animal, era un ruido lento, irregular, como si algo pasara los dedos por la pared. No era todo el tiempo. A veces duraron nada más unos minutos y luego se detenía. Otras noches lo escuchaba más rato. Yo traté de notar la importancia. Pensé que quizás el vecino tenía algún mueble pegado a la pared o algo así. Lo extraño es que nunca lo vi. La puerta de ese apartamento siempre estaba cerrada y cuando yo salía o entraba jamás coincidía con nadie de ahí. Pasaron unos días. Yo ya me estaba acostumbrando a la rutina del lugar cuando una mañana la señora que administraba tocó mi puerta. Me preguntó si podía ayudarlo un momento. Me dijo que necesitaba revisar el departamento de al lado pero le daba miedo hacerlo sola. Yo le pregunté si había pasado algo y me explicó que el inquilino no había pagado la renta y eso según ella no era tan raro. Lo que le preocupaba era que ya habían pasado casi tres semanas desde el límite y no contestaba el teléfono. Había intentado llamarle varias veces sin nada, ni mensajes, ni llamadas, ni tampoco lo había visto salir. Hasta le daba miedo que le hubiera pasado algo y estuviera todavía ahí dentro. La señora estaba inquieta, me dijo que quería abrir el departamento para revisar que todo estuviera bien y que le daba más tranquilidad no hacerlo sola. Así que acepté acompañarla. Caminamos hasta la puerta del departamento. La señora tocó primero varias veces y nadie respondió. Sacó un manojo de llaves y empezó a trofar una por una, como si no supiera cuál era la correcta. Después de un momento la cerradura por fin giró. Abrimos. El departamento estaba completamente vacío. Bueno, no vacío de muebles, eso sí estaba todo igual. La cama, una mesa, un pequeño reflecador, muy similares a los míos. Pero no había nadie. Ni ropa tirada, ni maletas, ni nada que indicara que alguien estuviera viviendo ahí recientemente. Eso nos pareció raro, pero no alarmante. La señora empezó a revisar rápido el lugar, como buscando algo que indicara que el inquilino simplemente se había ido. Y fue ahí cuando vimos la pared. La quedabas en mi cuarto. La pintura estaba muy levantada, inflada, como si hubiera mucha humedad detrás. La señora se acercó y la tocó. La pared se sentía. Blanda. Me dijo que seguramente había una fuga de agua. Algo que en edificios viejos también pasa seguido. Intentó raspar un poco con la mano. Y en ese momento un pedazo grande del yeso se desprendió casi solo. La pared estaba muy dañada por dentro. Cuando cayó ese pedazo se abrió un hueco y entonces, vimos algo que ninguno de los dos esperaba. Que no hubiéramos podido imaginar. En la parte interior de la pared había marcas de manos. Muchas. Como impresiones en el polvo y en el material húmedo. Algunas se veían muy claras. Los dedos, la palma. Pero lo raro es que estaban del lado de adentro de la pared. Como si alguien hubiera estado presionando desde el interior del muro. La señora y yo nos quedamos viendo varios segundos sin decir nada. El hueco de la pared era muy estrecho. Era el espacio que queda entre dos muros. Veinte centímetros, si acaso. No había forma de que alguien estuviera ahí. Ni mucho menos moverse, y además, las manos pintadas ahí eran de tamaño normal. Además, esas marcas estaban frescas. El material todavía estaba húmedo donde se habían marcado. Pero comunidad, el olor. Eso fue lo peor. Del hueco salió un olor fuerte muy desagradable a suciedad, a excremento, a orina. La señora se tapó la nariz inmediatamente y yo también tuve que hacer lo mismo. Ella dijo que eso ya no estaba bien y que había que llamar para que revisaran la instalación del edificio, porque quizás había una fuga o algo peor. Salimos del departamento y cerramos. Ese mismo día llegaron unas personas a revisar. Se con ellos no encontraron nada raro. No había fuga de agua, ni tuberías rotas. Solo dijeron que era una edad vieja del edificio. Taparon el hueco con cemento y volvieron a pintar la pared. La señora incluso me dijo que no me preocupara, que esas paredes estaban viejas y a veces pasaban cosas así. Del inquilino que no volvió, no podían saber más, pero no era la primera vez que alguien se iba sin avisar. La misma noche que arreglaron todo, escuché otra vez el ruido, más claro que antes. Rasguños del otro lado de la pared justo detrás de mi cama, como si algo se moviera dentro. Me levanté y golpeé la pared, y el ruido se detuvo por unos minutos. Después volvió. Durante las siguientes noches pasé lo mismo. A veces eran rasguños, otras veces golpes suaves, como si algo se arrastrara dentro del muro. La señora insistía en que no había nada, pero yo ya no podía dormir tranquilo. Sabía que el hueco de la pared era demasiado estrecho para que alguien estuviera ahí, pero también sabía lo que habíamos visto. Esas manos marcadas desde dentro. Por suerte mi contrato era solo por tres meses. El departamento estaba amueblado, así que no tenía muchas cosas que sacar. Cuando terminó el tiempo decidí no renovar. El día que me fui hablé con otro inquilino que llevaba más tiempo que yo viviendo ahí. Le conté lo de la pared, los ruidos, las manos. El muchacho me dijo que no era algo solo de mi cuarto, que eso pasaba en todos. En todos los departamentos escuchaba algo en las paredes, que varios inquilinos se habían dicho lo mismo durante años, que por eso muchos no se quedaban tiempo en esa vecindad. No supe qué pensar de eso, pero mientras sacaba mis cosas por el pasillo, les juro que escuché algo otra vez, un rascuño, pero esta vez en otra pared, como si viniera de masa dentro del edificio, como si algo estuviera caminando por dentro de los muros y se raspara. Y todavía recuerdo algo que me llamó la atención cuando salí por última vez, la pared del departamento contigo al mío, tenía marcas, marcas en manos, marcas como las que vi por dentro. Oigan, muchas, muchas gracias por seguir por aquí, Comunidad. Les recuerdo a toda la gente que nos escucha en Spotify que estamos nominados y pueden votar por nosotros en dos categorías, Terror y Top de Tops. Si tienen la inversía Premium, tienen más votos. Y si no, de todas formas pueden votar una vez todos los días para que no se olviden de hacerlo. 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Te acostumbras a los horarios, a los ruidos, a las enfermeras que entre y salen, a los cambios de turno. Poco a poco hasta aprendes cómo funciona todo. Mi hijo estaba en pediatría y por una bacteria que había adquirido después de una cirugía, pasaba casi todo el tiempo conectado a antibióticos muy fuertes. Eso no se obligó a organizarnos. Durante el día lo cuidaba mi esposa y por las noches me quedaba yo. Recuerdo muy bien una madrugada. Eran como las 2 o 3 de la mañana. Yo estaba sentado a un lado de la cuna viendo una película en el celular para matar el tiempo. A esa hora normalmente llegaban a revisar medicamentos o a cambiar alguna solución. Así que no me sorprendió cuando de reojo vi que una enfermera entró al área. Movió la cortina que separaba las camas de los pacientes. Desde donde estaba sentado solo alcancé a ver sus pies por debajo de la cuna. Pensé que venía a cambiar el medicamento del bebé. Pero pasaron los minutos y no hizo nada. No revisó nada, no habló conmigo, no tocó los aparatos. Lo más extraño es que tampoco recordaba la vista salir. Quince o veinte minutos después llegó otra enfermera, la del turno que ya conocía. Me saludó como siempre y comenzó a cambiar los medicamentos. Le pregunté si ya ha ido antes y me dijo que no, que el pene será la primera vez que pasara esa noche. No supe qué pensar, tal vez era otra enfermera que pasó rápido a revisar algo, pero lo cierto es que yo nunca vi que saliera. Supongo que eso fue lo primero, pero con el tiempo empezamos a notar otras cosas raras en ese piso. Mi esposa por ejemplo habitaba y era sanitario por las noches. El baño de familiares estaba cerca de una zona donde daban clases los médicos residentes. Esa área siempre permanecía cerrada en las noches. Varias veces me contó que al pasar veía, a través del vidrio de esa puerta, la silueta de una enfermera parada adentro. Pero cuando se detenía a mirar bien ya no había nadie. Yo no le daba mucha importancia a esas cosas. En un hospital pasan cosas de todo tipo, hay movimiento todo el tiempo y uno trata de explicarlo. Pero lo que ocurrió en anero, sí me dejó sin palabras. Para esas fechas ya quedaban muy pocos pacientes en pediatría. Era después de las fiestas de diciembre y el piso estaba casi vacío. Recuerdo que una noche llegaron unas enfermeras muy jóvenes a cubrir guardia. Como había poco trabajo, dos de ellas decidieron descansar un rato en un pequeño cuarto donde guardaban material médico, soluciones, bata, sábanas. Algo muy común en guardias largas. Ya era madrugada cuando de pronto escuchamos un grito, un grito fuerte de terror. Salí del cuarto de mi hijo pensando que algo grave ha pasado con algún niño, pero cuando llegué a la central de enfermeras, vi que una de las chicas estaba señalando hacia ese cuarto y no dejaba de gritar. Otra enfermera estaba dentro, en una colchoneta intentando levantarse mientras lloraba. Entre los presentes tratamos de calmarlas. La que había estado acostada decía que alguien la había golpeado en la cara y la había jaloneado. La otra enfermera decía que ella solo escuchó el grito. Yo entré al cuarto para ver qué había pasado. Sobre la colchoneta había varias bolsas de soluciones médicas. Pensé que tal vez se habían caído de algún estante y la habían golpeado la cara mientras dormía. Eso fue lo que le intenté sugerir a la jefa de enfermeras, que quizás las bolsas se habían resbalado y la asustaron. La chica estaba muy nerviosa todavía. La jefa trataba de tranquilizarla mientras yo regresaba al cuarto de mi hijo. Pero antes de alejarme, la escuché decir algo. Le prejuntó a su jefa. ¿Y entonces quién me hizo esto? Yo volteé a ver. Ella tenía levantado el antebrazo. Desde donde estaba, solo alcancé a ver lo que pareció un moretón muy grande. Muy, muy morado. Pero al día siguiente, cuando llegaron las enfermeras del turno, normalmente nos atendían. Nos invitaron a cenar con ellas un recalentado que habían llevado por el Día de Reyes. En medio de la plática, una de ellas me preguntó qué había pasado esa madrugada, porque les habían contado que yo estaba cerca cuando pasó. Les relaté lo mismo que estoy contando aquí. Cuando terminé, una de ellas sacó su celular. Me dijo que quería enseñarme algo. Era una foto del brazo de la enfermera. Y en ese momento entendí que lo que ya había visto desde lejos no era un moretón. Eran dedos Comunidad. Los dedos de una mano perfectamente marcados en su antebrazo, como si alguien lo hubiera sujetado con mucha fuerza. Pero ni siquiera eran dedos pequeños, era una mano grande, demasiado grande para ser la de cualquiera de las personas que estaban ahí esa noche. Después de ver esa foto ya no pude dormir tranquilo en el hospital. Durante varios días prácticamente no me separé de mi hijo ni de mi esposa. Por suerte, unas semanas después por fin nos hiró de alta. Y hoy mi hijo está por cumplir 7 años. Aunque pasamos muchas noches en el hospital, esa madrugada fue en la que estuve seguro de que ahí dentro había algo más que pacientes, doctores y enfermeras. Hola, querida comunidad. Quiero compartir algo que nos pasó hace unos años cuando mi esposa y yo acabábamos de mudarnos a una casa nueva. Como siempre, ¿no? Como empiezan muchas historias de terror. Este era un fraccionamiento recién construido, donde todas las casas son iguales. Nosotros fuimos los primeros en llegar a esa calle. La casa todavía olía pintura nueva cuando nos mudamos. En ese tiempo, nuestro hijo era un bebé. Mi esposa trabajaba cerca de la casa y tenía una rutina muy marcada. Traelía temprano, dejaba al niño en la guardería, trabajaba unas horas y regresaba a la casa alrededor del mediodía para comer algo rápido antes de ir por él. Yo tenía un trabajo con turnos muy largos, así que a veces coincidíamos en la casa y a veces no. Un día mi esposa me preguntó algo que en ese momento me pareció muy raro. Me dijo, ¿por qué dejas prendida la radio? Yo le dije que cual radio, que nunca la escuchaba, y ella me explicó que todos los días cuando regresaba a la casa a mediodía encontraba la radio de la sala encendida. Era una radio vieja que habíamos comprado en el mercado, más que nada porque se veía bonita al ser tan vieja, no porque sirviera. Como funcionaba la dejamos ahí conectada, además porque se veía bastante bien en el mueble. Lo curioso era que siempre se prendía sintonizada en la misma estación de AM donde ponían música muy vieja, canciones que sonaban como de los años 50 o 60. Yo le dije que yo no la prendía y ella pensó que quizás yo me había equivocado, que la había encendido sin darme cuenta. Pero, ¿todos los días? Total que lo dejamos pasar. Pero siguió ocurriendo. Cada vez que llegaba a la casa a mediodía, la radio estaba prendida y siempre en la misma estación, siempre con esa música antigua. Un día yo regresé antes del trabajo porque había tenido una jornada muy pesada. Mi esposa todavía no llegaba y el bebé estaba conmigo. Decidí acostarme un momento en el sillón de la sala con él en el pecho mientras la esperaba. No sé cuánto tiempo me quedé dormido, pero desperté con el sonido de la radio. Primero escuché un pequeño click y después empezó a sonar la música. Era una canción muy vieja de esas que ponen nada más en AM. Abre los ojos todavía medio dormido y frente a mí, en el sillón individual que está junto a la radio. Había una señora sentada, una señora mayor de pelo cortito, muy quieta y sentada derechita, mirándonos a mí y al bebé. No dijo nada ni se movió, solo estaba sentada y viéndonos. Recuerdo que pensé que tal vez alguien había entrado a la casa o que yo se había dormido. Y cuando abrí bien los ojos, la señora ya no estaba. El sillón estaba vacío, pero la radio sí estaba prendida, estaba sonando. Me levanté de inmediato y revisé toda la casa. No había nadie. Por un lado quería pensar que lo había imaginado, pero por el otro, la radio sí se había prendido. Cuando mi esposa llegó, le conté lo que había pasado. Decidimos llamar a un sacerdote para bendecir la casa. Durante doce días hicimos oración, como él nos indicó, y después de eso la radio nunca volvió a prenderse sola. Y nunca volvimos a ver a esa mujer, gracias a Dios. Lo raro es que la casa era completamente nueva, nadie había vivido ahí antes, y la radio, la radio la volvimos a llevar a ese puesto, a devolverla, aunque no nos regresaran el dinero.