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Speaker 1:
[00:04] Iba dormido en el carro en el asiento de atrás, cuando el grito de mi abuela me despertó. Le gritaba a mi abuelo que acelerara, que le echaré encima del carro a eso que estaba en medio del camino, algo que parecía un bulto en medio de esa calle de tierra. Pero el bulto se levantó y miró hacia nosotros, enseñándonos lo que era. Este viaje, comunidad, el de este episodio, inicia en Texcoco, pero no termina ahí. Pasará por barrios como el tuyo, por casas que se sienten como la tuya, por más que no creas en este tipo de... criaturas. Así que si pasas por una calle oscura esta noche, ten mucho, mucho cuidado, sobre todo si escuchas el final de este episodio. Mientras más te adentres, más posible es que seas el siguiente protagonista de Relatos de la Noche. Hola Oriel, es la primera vez que escribo. Me llamo Gustavo y soy fan desde hace como año y medio, y este podcast se ha convertido en algo que escucho todos los días, cuando voy camino a la universidad, o cuando estoy haciendo que hacer. Ojalá este relato pueda salir en algún episodio, y si llega a salir quisiera mandarle un saludo a Litzy, mi novia, que también es fan de Relatos de la Noche. Actualmente tengo 24 años y vivo en el estado de México. Esto que nos pasó ocurrió cuando yo tenía, creo que 13 años. Esa noche mi familia y yo regresábamos de un baile en Texcoco. Para que no sea de México, un baile de los que hablo es cuando una agrupación toca en algún lugar y la gente entra a bailar o a tomar algo mientras escucha la música. El baile terminó como a las 2 de la mañana. Ibamos de regreso a casa a mis abuelos, un tío y yo. Yo venía en la parte de atrás con mi abuela. Mi abuelo era quien manejaba y en algún momento del camino me quedé dormido. Pero como unos 10 minutos antes de llegar a la casa, me despertó un grito de mi abuela dirigido a mi abuelo. ¡Mira eso! ¡Échale el carro a esa hija de la frejada por andar haciendo sus porquerías! Cuando escuché la voz de mi abuela tan alterada, me incorporé rápido para ver qué estaba pasando. Lo que vimos esa noche es algo que les juro que todavía me cuesta explicar. En medio del camino había algo tirado. Al principio parecía simplemente un bulto negro, pero conforme nos fuimos acercando con las luces del carro, nos dimos cuenta de que no era un bulto, era una mujer, una viejita. Estaba hincada en el suelo como si estuviera rezando o haciendo algún tipo de ritual, pero lo que nos dejó helados fue… fue su cabeza. Esa mujer tenía cuernos de venado. Así como se escucha, no parecía un accesorio ni un disfraz, no era un gorro ni algo que estuviera usando. Los cuernos y esto era muy claro. Se veía que salían directamente de su cráneo. Mi abuelo cerró el carro, pero no se atrevió a pasarle por encima. Terminó pasando por un lado, muy cerca pero sin tocarla. Ahí, a mí me tocó verla muy de cerca porque estaba del lado de mi ventana. La recuerdo perfectamente. La mujer se yencada, completamente quieta. Había otra cosa que después nos dejó pensando mucho. La mujer estaba justo frente a un domicilio que todos conocíamos en la zona. Una casa donde rentaban camiones a turismo. Lo raro era que los hijos o los dueños de esa casa llevaban cerca de una semana secuestrados. O no sé, tal vez no tiene nada que ver pero yo no puedo dejar de mencionarlo. Y es que después de pasar por ahí, nadie dijo nada durante el resto del camino. Llegamos a la casa y cada quien se fue a dormir. Pero, pero la mañana siguiente, durante el desayuno, mi mamá nos dio una noticia muy muy triste. Los hijos de los dueños de los camiones habían aparecido, pero lamentablemente no con vida. Nadie en mi familia ha podido explicar qué fue lo que vimos esa noche. Si era una bruja, algún tipo de nahual o algo más. Mi familia sigue siendo escéptica, pero yo no me puedo quitar de la cabeza esa imagen. La de aquella mujer incada en medio del camino, con cuernos de venado, saliéndole de la cabeza. Comunidad, la siguiente historia es especial porque viene con un mensaje y se los voy a leer a continuación. Hola a todo el equipo de Relatos de la Noche. Mi nombre es Mirna y escribo a nombre de mi hijo Emiliano que tiene 12 años y que es fan de su contenido. No se pierde ningún capítulo. Les cuento brevemente que inspirado en su trabajo el año pasado, como parte de un proyecto escolar, escribió e ilustró un libro titulado Mi Familia Paranormal, en donde reunió historias de sucesos paranormales que le sucedieron a miembros de nuestra familia. Este proyecto tuvo gran impacto en su comunidad ya que logró acercar a más niños de esa edad a la lectura. Les dejo una de las historias que más le gustaron y que forman parte de este libro. Esta historia se la contó su abuelita, nosotros somos originarios de Guanajuato Capital, un lugar lleno de historias y leyendas realmente impresionantes. Para él sería un sueño hecho realidad ver reflejado su trabajo de horas y horas en la voz de Uriel. Ojalá que la historia de nuestra familia pueda ser parte de Relatos de la Noche muy pronto. Y bueno, así es como mi querida comunidad, a continuación les presento esta historia que recopiló Emiliano, a quien felicitamos de verdad por este trabajo, y que le sucedió a su abuela. Espero que les guste. Cuando tenía alrededor de nueve años, mi familia y yo nos mudamos a vivir a una zona conocida como trasladera del panteón. Desde nuestra casa se alcanzaba a ver el panteón de Santa Paula. En ese tiempo no estaba bardeado como ahora, así que desde varios puntos se veían las tumbas y los árboles del cementerio. Era una zona muy poco poblada, había apenas algunas casas, la mayoría hechas con cartón y lámina. No había servicio de electricidad, tampoco agua ni drenaje, todo era bastante precario. Aún así mis papás decidieron llevarnos a vivir ahí porque habían tenido la oportunidad de comprar un pequeño terreno. Con el tiempo ese lugar se fue llenando de gente y mejoró mucho, pero en esos años todavía era casi puro monte. El camino que teníamos que recorrer para llegar a la casa se quedaba completamente oscuro cuando caía la noche, no había alumbrado público y alrededor solo había maleza y hierba alta que crecía por todos lados. La humedad del terreno hacía que todo estuviera siempre un poco enlodado y solitario. Mis papás salían a trabajar todos los días como en cualquier familia, cuando eso pasaba mi mamá me dejaba a cargo de mis hermanos más pequeños. Como les dije yo tenía nueve años y me quedaba cuidando a mi hermano Víctor, que tenía cinco, a mi hermana Leonor de tres y a mi hermanita Carmela, que en ese entonces apenas tenía siete meses. Pasábamos la tarde jugando dentro de la casa o en el pequeño patio. Mi mamá normalmente regresaba alrededor de las ocho de la noche. En realidad no era tan tarde, pero con la oscuridad que había en la zona parecía que ya fuera muy noche. Verán, una tarde estábamos como siempre jugando y riendo entre nosotros, cuando de pronto comencemos a escuchar a los perros de la zona ladrar. Pero no era ladrido normal que uno escucha en la calle, era un ladrido desesperado como cuando algo los pone muy nerviosos. Eso fue lo primero que nos llamó mucho la atención. Al mismo tiempo mi hermanita Carmela empezó a llorar. Yo la cargué para intentar calmarla. Después de unos minutos todo volvió a la calma y pensé que tal vez había sido solo un animal pasando por el monte. Para ese momento ya estuvo escureciendo, así que encendió unas velas que usábamos siempre para iluminar la casa. Seguimos jugando un rato más mientras intentaba distraer a la bebé para que de cara de llorar. Habría pasado media hora cuando nuestro perrito, que se llamaba Mickey, comenzó a comportarse de forma muy extraña. Mickey era un perro pequeño, pero muy protector. Cualquier ruido que escuchaba lo hacía ladrar de inmediato. Esta vez empezó a raspar la puerta con las patas, mientras aullaba y lloraba al mismo tiempo. Hacía un escándalo como si quisiera avisarnos de algo. Al principio no le hicimos mucho caso, pero entonces pasó algo que sí me puso muy nerviosa. Las velas que estaban encendidas se apagaron al mismo tiempo, como si alguien hubiera soplado fuerte dentro del cuarto. Todo quedó en penumbra. Intenté mantener la calma para que mis hermanos no se asustaran. Les dije que seguramente había sido una ráfaga de aire, y mientras tanto comencé a buscar los herillos para volver a prender las velas. En ese momento empecé a escuchar rascuños en las paredes. Era un sonido muy, muy, muy claro. No sé si alguien estuviera arañando la madera desde afuera. Lo primero que pensé fue que tal vez era Mickey, pero enseguida me di cuenta de que no podía ser él, porque lo seguía escuchando en la parte de enfrente, donde seguía ladrando. Mis hermanos y yo nos quedamos escuchando en silencio, y entonces vimos algo extraño. Por la rendija hasta la puerta y de la ventana se empezó a colar una luz amarilla muy fuerte, como si algo estuviera rodeando la casa y iluminando todo por momentos. Al mismo tiempo se escuchaban aleteos, como si una gallina estuviera golpeando las paredes del cuarto. Los golpes eran fuertes como si el animal estuviera intentando entrar. Nos quedamos completamente atentos a lo que estaba pasando cuando de pronto tocaron a la puerta. Fueron golpes suaves, lentos, apenas se escuchaban. Pensé que tal vez era mi mamá que había llegado antes de lo normal. Mi hermanito Víctor y mi hermana Leonor se acercaron detrás de mí cuando fuí hacia la puerta. Víctor intentó abrirla, pero lo detuve. Espérame, no abras, le dije. Pero los tres estábamos tan curiosos que terminamos abriendo la puerta casi al mismo tiempo. Parada frente a la puerta estaba una mujer. La luz de la luna iluminaba su rostro. Tenía los ojos muy oscuros y un maquillaje muy cargado que le hacía brillar la cara. Su cabello parecía platinado por la luz y llevaba un vestido largo y elegante. Se quedó mirándonos unos segundos y luego con una voz muy suave pregunto. Niñas, no saben dónde hay un baile por aquí. Sentí como mi hermanito Víctor se aferraba a mi pierna, escondiéndose detrás de mí. Yo le respondí a la señora como pude. No, señora, por aquí no hacen bailes, todo está muy solo. La mujer inclinó la cabeza e intentó mirarse adentro de la casa, entre el espacio que quedaba entre la puerta y nosotros. Y entonces preguntó. ¿Están solos? No sé de dónde saqué valor, pero contesté de inmediato no y cerré la puerta de golpe. Intenté poner el broche para asegurarla, pero me temblaban tanto las manos que no podía atinarle. Mientras trataba de cerrarla, los aleteos volvieron, golpeando la puerta con fuerza. La luz amarilla volvió a colarse por las rendijas. Finalmente logré poner el seguro. Todo se detuvo de repente. Mi hermanita seguía llorando y algo golpeaba ahora la ventana, como intentando entrar por ahí. Y luego... Silencio. Mucho silencio. Lo único que se escuchaba era nuestra respiración y el llanto de la bebé. Pasó poco tiempo hasta que escuchamos a mi mamá llegar. Unos minutos. Ella tocó la puerta y nos habló para que la abriéramos. Al principio no queríamos abrir, pero cuando escuchamos su voz supimos que sí era ella. Entró muy alterada al vernos a todos llorando y temblando. Nos preguntó qué había pasado. Cuando le contamos lo de la mujer, mi mamá se puso muy nerviosa y nos dijo algo que nos dejó aún más asustada. Ella también había visto a una mujer, pero la había visto con un reboso cubriéndole la cabeza, escondida detrás de la casa cuando ella llegó. Un rato después llegó mi papá. Cuando mi mamá le contó lo ocurrido, él dijo que acababa de ver una gallina enorme, más grande que un guajolote, parada en el árbol de zapote que teníamos junto a la casa. Entre los dos llegaron a la conclusión de que probablemente se trataba de una bruja. Mi papá salió con una piedra para intentar espantarla, pero ya no había nada, solo la luz de la luna y ese silencio. Mi mamá comenzó a rezar y sacó agua bendita que siempre guardaba en la casa. Nos roció a todos y también alrededor de la puerta y la ventana. Después de eso, la noche pasó sin que volviera a ocurrir nada. Y lo siguiente puede ir como un epílogo si decides usarlo. Por la mañana mi papá salió temprano como siempre para limpiar la fosa que usábamos como drenaje. Ahí fue cuando encontró algo extraño en la tierra cerca de la casa. Había huellas, como si un animal hubiera caminado alrededor durante la noche. Mis papás volvieron a decir que seguramente había sido la bruja. Y ese mismo día más tarde, los vecinos encontraron algo que nos dejó a todos muy impresionados. A unos minutos de nuestra casa pasaba un pequeño rollo. Ahí, en ese rollo más abajo, encontraron el cuerpecito sin vida de un bebé recién nacido. Lo que más llamó la atención de la gente fue que, decían, el cuerpo no tenía sangre. Muchos vecinos empezaron a decir que seguramente andaba rondando una bruja. Y todo, todo ocurrió esa misma noche que aquella señora tocó a nuestra puerta. Han pasado muchos años desde entonces, pero cuando lo recordamos entre mis hermanos todavía nos provoca mucho miedo pensar en lo que pudo haber sido aquella mujer a la que le abrimos la puerta. ¿Qué les ha parecido hasta ahora este episodio? Ojalá, ojalá que lo estén disfrutando. Y bueno, decirles que nos da mucho, mucho gusto estar nominados de nueva cuenta a los Spotify Podcast Awards. Les vamos a estar avisando en cuanto puedan votar. Todos los que usan Spotify podrán hacerlo, aunque no tengan Premium. Así que ya lo saben, estaban nominados en la categoría de terror y top de tops. Gracias porque esta nominación es por ustedes. Como todo lo bueno que nos ha pasado. En serio, muchas gracias. Continuamos con más historias esta noche. Hola, Uriel. Me llamo Angel y te escribo porque desde hace tiempo escucho el programa mientras voy al trabajo. Tengo algo para contar que nunca pensé compartir, porque de verdad siento que mucha gente todavía se burla de nuestras experiencias, sobre todo las que son como la mía, tan difíciles de creer. Pero con el tiempo sintiéndome parte de esta comunidad, me he dado la confianza de por fin narrar esto y bueno, sin más, pues esta es mi historia. Esto ocurrió cuando yo tenía unos 16 años. Vivíamos en una colonia nueva de Puebla, que en ese tiempo todavía estaba muy, muy a medias. Algunas calles pavimentadas, pero la mayoría de tierra. Muchos terrenos baldíos y varios postres de luz con cables flojos por todos lados. Por eso y por lo lejos que estaba, apareció una colonia que no era parte de la ciudad. Mi cuarto estaba en la parte de arriba de la casa, junto a una ventana que daba directo a la calle. Era el único que estaba en un segundo piso, un cuartito de madera, nada lujoso. Desde ahí se veía un postre de luz y varios cables que cruzaban hacia otras casas. Varios de ellos eran ilegales, diablitos. Una noche hubo un apagón en toda la colonia. Esto no era nada raro. Cuando lluvia fuerte o había viento, seguido se iba la luz por horas. Ya saben, por lo reciente y muchas veces apresurado de las instalaciones. Esa vez recuerdo que había estado lluviendo desde la tarde, pero como a las once ya todo estaba tranquilo. Ya no lluvia mucho y había esa calma rara de cuando por fin pasa la tormenta. Mi mamá se fue a dormir temprano y yo me quedé despierto escuchando música en el celular. Con mis audífonos para que no se diera cuenta. Cuando se fue la luz el cuarto quedó completamente oscuro, así que me acerqué a la ventana para ver si en otras casas también se había ido. Todo estaba negro, parecía que no había nada afuera, ni un foco prendido en toda la calle. Después de un momento de ver hacia la oscuridad, apenas se alcanzaba a distinguir las casas porque ni siquiera había luna. Los terrenos altíos se veían como manchas oscuras llenas de hierba. Me quedé un rato viéndose afuera, más que nada por aburrimiento y porque mi celular tenía 2% de pila. Y vi algo raro en los cables. Al principio pensé que era como una bolsa de plástico atorada, se veía algo colgando de uno de los cables que cruzaban la calle. Con el viento se movía muy despacio. Me llamó la atención que se veía algo grande, pero como les digo, en ese momento pensé que se trataba de una bolsa de basura, de esas negras grandes, que de alguna forma había volado con el viento antes de la tormenta y se había quedado atorada ahí. No sentí nada raro. De hecho, estuve a punto de cerrar la ventana cuando pasó un coche por la calle. Las luces del carro al pasar por un tope apuntaron hacia arriba e iluminaron el cable por un segundo, menos, por un instante. Y entonces vi que no era una bolsa, era una mujer. Estaba agarrada del cable, con una mano nada más, como si no pesara nada. Simplemente estaba colgada ahí, inmóvil, mirándose a la calle, hacia las casas oscuras. Por un momento pensé que tal vez estaba viendo mal por la oscuridad, pero cuando el coche pasó y la luz desapareció, seguía ahí, la figura se balanceaba muy muy lento con el viento. Me quedé completamente quieto tratando de entender que estaba viendo, es lo único que puedo decir. Sentía como si estuviera soñando. Se siente muy raro cuando ves algo que no se puede explicar. Pensé que tal vez era alguien que se había subido al poste y se había quedado atorado, pero después de pensarlo por dos segundos me di cuenta de que por supuesto que no tenía sentido. Los cables estaban bastante altos. Para llegar allí, alguien tendría que haber subido por el poste frente a mi ventana y yo no había visto a nadie. Además, la mujer no se estaba moviendo, ni pidiendo ayuda. No tenía ningún sentido. No estaba intentando bajar ni cambiar de posición. Sólo estaba colgada del cable, como si no le costara ningún esfuerzo, como si estuviera descansando. En ese momento pensé en despertar a mi mamá, pero antes de hacerlo quise mirar otra vez para asegurarme de que no estaba imaginándome cosas. Pensé de nuevo, la mujer seguía ahí, ahí seguía, comunidad. La luz en la luna alcanzaba a iluminarle un poco la cara. Tenía el cabello largo, muy oscuro, cayéndole hacia abajo. Lo que me puso nervioso fue que, esa vez que volteé se había movido un poco, su cara se había girado. Parecía estar mirando directamente hacia la casa frente a la mía. Ya no hacia la nada. No sé cuánto tiempo estuve viéndola. A lo mejor fue nada más un minuto. Tal vez más, mucho más. En algún momento escuché que venía otro coche por la calle. Cuando las luces se acercaron volví a ver claramente la escena. La mujer seguía agarrada del cable. Pero en ese momento hizo algo diferente que me asustó todavía más, si se podía. Movió la cabeza como si se hubiera dado cuenta de que yo la estaba viendo. Y luego giró lentamente el cuerpo, quedando completamente de frente hacia mi ventana. Sentí algo muy extraño en el estómago. No era exactamente solo miedo ya, sino también una sensación de que algo estaba a punto de pasarme, como si mi cuerpo se preparara para defenderse, para luchar por su vida. Y cuando el coche que iluminaba la calle pasó por el tope, las luces iluminaron completamente a la mujer. Y por un segundo pude verla con claridad. Era una mujer ya grande, tal vez una anciana, pero no muy vieja. 65, quizás 70 años. La cara muy delgada, los ojos abiertos, mirándose a mi casa. Y la mano, la mano sujetando el cable con una fuerza que no era natural, que nadie puede tener sin mostrar el más mínimo esfuerzo. El coche siguió de largo, la calle volvió a quedar en oscuridad, y en ese momento la mujer ya no estaba. Me quedé esperando a que apareciera en el suelo caminando por la calle, pero no había nadie por ahí. Ni escuché pasos en el techo, ni perros ladrar a lo lejos, nada. Pensé que tal vez había bajado por el poste, así que estuve mirando varios minutos hacia esa zona. No apareció nadie. Al día siguiente le conté a mi mamá lo que había visto. Ella me dijo que seguramente era alguien que había subido a robar cables. En la colonia pasaba mucho. Y eso me pareció una explicación bastante lógica. Al menos era más lógico que cualquier explicación que yo había intentado imaginar hasta ese momento. Que hubieran pensado ustedes. Durante varios días traté de convencerme de que había sido solo eso. Pero hay una cosa que no logro acomodar. Unos días después me fijé bien en el cable. Y ese cable donde estaba la mujer era uno de los que estaban más altos. Y además estaba a varios metros del poste más cercano. No había forma fácil de subirse hasta ahí. Ni siquiera usando una escalera. Mucho menos de desaparecer sin romperte las dos piernas. Hasta hoy sigo pensando que tal vez simplemente vi algo mal esa noche. Pero en el fondo sé que no. Sí, tal vez la oscuridad, el apagón o el cansancio me hicieron imaginar algo que no era, pero... Pero en el fondo sé que no. A veces todavía sueño con ella. Espero algún día dejar de hacerlo, porque sueño como si estuviera ahí de nuevo y veo la silueta, la forma en que aquella mujer está agarrada del cable, como si llevara mucho tiempo ahí, sin cansarse, balanceándose muy despacio, mirando directamente hacia la calle, luego hacia la casa de enfrente, y finalmente hacia mí, hacia la ventana de mi cuarto, puedo sentir su mirada. Gracias por habernos acompañado, comunidad, por haber llegado hasta el final de este episodio. Y quiero preguntar, ¿ustedes qué creen que era lo que vio el protagonista de nuestra última historia? ¿Qué hubieran hecho ustedes? Qué harías tú si en este momento te asomas por la ventana y haya algo colgado ahí, ¿mirándose a tu ventana? Es más, hazlo. Ve a ver, aquí te esperamos. Dinos qué hay ahí afuera. ¿Nada? ¿Seguro? ¿O no te atreviste a ver? Nos escuchamos muy pronto con más historias que puedes tomar única y exclusivamente como entretenimiento, a menos que seas tú el siguiente protagonista de Relatos de la Noche.