transcript
Speaker 1:
[00:07] Mi hijo tenía miedo de su amigo imaginario, ese que siempre fue su refugio, alguien con quien jugar. De pronto en la nueva casa le temía. Lo describía diferente y era más presente, en todo momento, incluso cuando uno quería jugar con él. Lo único diferente que hice y mi grave error es que yo empecé a nombrarlo. Hablé con él, con ese amigo imaginario para jugar con mi hijo, y creo que abría una puerta que no debía abrirse. Hoy vamos a entrar a ese mundo extraño y misterioso de los amigos imaginarios, comunidad. Y es que si tú que los estás escuchando no tuviste uno. Sé que al menos conoces a alguien que sí, aunque no los llamaran así. Todos conocemos a alguien que habló con algo que no existe a muy temprana edad. Así que estos seres son el hilo conductor de este episodio, aunque no nos limitaremos, porque también hablaremos de fantasmas, de espíritus, de almas en pena que han sido vistos por niños. Esperamos que estén listos y listas para escuchar. Y si hay infantes cerca, yo creo que este es uno de esos episodios que no deberían escuchar, al menos no a solas, no sino a ustedes para acompañarlos. Así que va esta advertencia, va esta pequeña censura y si quieres salir, esta es tu última oportunidad, porque en diez segundos comenzamos con Relatos de la Noche. Siete, seis, cinco, cuatro, tres. Hola comunidad. Quiero contarles algo que pasó cuando mi hijo era todavía muy pequeño. No va a ser una historia larga, pero al menos a mí me da mucho miedo. Esto ocurrió a finales de 2016, cuando yo tenía poco de separada y me mudé con mi hijo a la Colonia de Doctores, en la Ciudad de México. Él tenía tres años en ese entonces, casi cuatro, y su nombre es Freddy. En ese momento yo necesitaba un lugar barato, cerca de mi trabajo, y también de la guardería donde lo dejaba todas las mañanas. Encontré un departamento que cumplía con eso. Lo único malo era que el edificio estaba casi vacío. El señor que me lo rentó me dijo que varios vecinos se habían ido porque el edificio tenía daños viejos, y había quien aseguraba que no aguantaría un sismo fuerte. De hecho hubo un tiempo en el que era ilegal vivir ahí, pero yo no tenía muchas opciones así que lo acepté. El departamento era sencillo, pero tenía dos recámaras. Por primera vez mi hijo iba a tener su propio cuarto y eso me emocionaba. Estábamos en un octavo piso y la vista era sorprendentemente linda. El cuarto de Freddy tenía una ventana grande que daba hacia la calle. Desde ahí se veía buena parte de la colonia. Los primeros días todo parecía muy agradable. Él jugaba en la sala, veía caricaturas, y me acompañaba mientras yo hacía de comer. Pero en cuanto llegaba la hora de dormir empezaba el problema. No se quería ir a su cuarto. Al principio pensé que era lo típico de los niños, que quería quedarse conmigo, que lo cargara o que me acostara con él. Pero una noche le pregunté directamente qué estaba pasando. Me dijo que no quería dormir en su cuarto porque ahí estaba Rufo. Yo conocí ese nombre. Rufo era un amigo imaginario que había tenido desde mucho antes, cuando lo cuidaba mi suegra. Ella me contaba que a veces lo veía jugando solo y diciendo que estaba con un payasito que se llamaba Asi. Nunca me preocupó demasiado ni a ella, parecía normal. Le pregunté a Freddy si Rufo estaba en el departamento y me dijo que sí. Entonces le pregunté que dónde estaba. Él volteó hacia la puerta de su cuarto y dijo que en la ventana. Esto tampoco me pareció tan raro, pensé que era su imaginación o que había visto a alguien antes de dormirse, no sé, asomándose por la calle o algo así. Pero le pregunté cómo se veía. Freddy tardó un poco en contestar, luego dijo que sí era Rufo, pero que ahora se veía diferente. Cuando le pregunté diferente cómo, no quiso explicarlo. Con el paso de los días, empezó a evitar ese cuarto incluso de día. Si entraba a buscar un juguete, lo hacía rápido y regresaba conmigo. A veces lo veía asomarse desde la puerta, mirándose a la ventana como si estuviera pendiente de algo. Un día le pedí que me dibujara a Rufo. Él ya dibujaba muchas cosas, monitos, coches, círculos que decía que eran personas. Se sentó en la mesa y empezó a dibujar muy concentrado. Cuando terminó me enseñó la hoja. Era la figura de un hombre, como dibujan los niños pequeños. Un círculo por la cabeza y líneas por brazos y piernas. Pero toda la cara estaba pintada de rojo. No era una mancha, sino toda la cara, sin salirse de la raya. Le pregunté por qué estaba de ese color, y Freddy solo dijo que así estaba su cara. A partir de entonces ya no quiso dormir solo en ese cuarto, ni siquiera quedarse ahí jugando si yo no estaba cerca. Terminaba siempre durmiendo conmigo. Una noche decidí hacer algo para tranquilizarlo, según yo. Me metí solo al cuarto de Freddy y dejé la puerta abierta para que la escucharas desde la sala. Hablé en voz alta como si estuviera regañando a alguien. Le dije que ya sabía que estaba ahí, que no quería que estuviera molestando a mi hijo y que se fuera del departamento. Lo hice más como una forma de tranquilizar a Freddy, que por qué realmente pensar a que había un amigo imaginario, por supuesto. Y no pasó nada. Pero un sábado por la mañana estaba limpiando el departamento. Freddy estaba viendo caricaturas en la sala mientras yo recogía juguetes y se sacudía el escritorio de su cuarto. Abrí las cortinas para que entrara luz y entonces vi algo en la ventana. Al principio pensé que eran manchas y me acerqué para limpiarlas. Fue entonces cuando me di cuenta de que eran marcas de manos, que no estaban del lado de adentro, estaban por fuera del vidrio. Eran dos manos abiertas, como si alguien se hubiera apoyado ahí mirándose al interior del cuarto. Como recordarán, nosotros vivíamos en un octavo piso. No había balcón ni nada fuera donde alguien pudiera pararse. Me quedé un momento viendo el video sin entender cómo podían estar allí esas marcas. Al final pude limpiarlas con un trapo y no le dije nada a mi hijo. Al año siguiente llegaron los sismos de 2017. Después de las revisiones de protección civil, nos avisaron que el edificio tenía daños estructurales y que iba a ser desalojado. Nos tuvimos que ir. Tiempo después supe que el edificio fue demolido. Freddy ahora ya es más grande y ni siquiera recuerda haber tenido un amigo imaginario llamado Rufo. Pero créanme cuando les digo que yo todavía recuerdo perfectamente esas memos marcadas en la ventana de su cuarto. Esto que les voy a contar pasó cuando mi hija tenía cuatro años. En ese tiempo ya teníamos como dos o tres años viviendo en San Diego, California, en una casa que rentábamos en una zona vieja y muy tranquila de la ciudad. Era una casa mediana, de un piso, de esas construidas en los años 50, con un pasillo largo que conectaba las recámaras con la sala. Mi hija siempre había dormido bien. Desde pequeña tuvo su habitación. Nunca acostumbró a dormir con nosotros ni temerle a la oscuridad. Pero, específicamente después de una tormenta que nos dejó sin luz por todo un día, empezaron a pasar cosas raras en la madrugada, como si se hubiera despertado algo. Varias veces mi esposa o yo nos despertábamos porque escuchábamos que hablaba, que estaba hablando bajito como platicando con alguien. Pensamos que hablaba dormida o que estaba soñando, pero una noche me dio más curiosidad de lo normal y al oírla me levanté para ver qué estaba haciendo. Su puerta estaba entreabierta y desde el pasillo se escuchaba su voz. Acerqué despacio para no despertarla. Cuando me asomé al cuarto no estaba en la cama, la encontré sentada en el piso, justo en la entrada del cuarto. Mirándose al pasillo mientras hablaba en voz baja. Le pregunté que con quién estaba platicando. Me respondió con total tranquilidad lo siguiente. Con la señora que vive en la casa. Pensé que estaba medio dormida, así que la cargué y la llevé de regreso a su cama. Al día siguiente no recordaba nada de lo que había pasado, pero no fue la única vez. Empezó a ocurrir seguido. De madrugada la escuchábamos hablar en voz baja y a veces incluso reír. Cuando le preguntábamos con quién hablaba, siempre respondía lo mismo. Con la señora. Dijo que le abría la puerta en la noche desde el pasillo y que le hablaba para que se levantara. Nunca mencionaba otro nombre ni parecía tener miedo. Una tarde, mientras estábamos cenando, dijo algo que nos dejó pensando más todavía. Comentó que la señora estaba triste porque antes su cuarto era el de ella. Nosotros no entendimos bien a qué se refería, pero a mi esposo le dio curiosidad y decidió investigar un poco sobre la casa. Como era una renta, no fue difícil averiguar quién había vivido ahí antes que nosotros. Resultó que durante muchos años habían vivido dos señoras mayores ahí, hermanas. Las dos habían fallecido unos años atrás. Ninguno murió en la casa, según nos dijeron, sino en un hospital después de enfermedades relacionadas con la edad. Eso nos inquietó un poco, pero también tenía una explicación sencilla. Pensamos que quizás algún vecino había comentado esa historia acerca de nuestra hija cuando iba a jugar con una niña que vivió en unas cuantas casas de nosotros, donde siempre se reunían niños de la edad. Los niños se escuchan más a lo que uno cree. Así que decidimos pasarlo por alto, no ahogarnos en un vaso de agua, porque por supuesto que eso tenía que ser. Pasaron algunos días sin que ocurriera nada extraño, hasta una noche en la que me desperté otra vez al escuchar su voz. Era igual que las otras veces, hablando bajito. Me levanté y caminé hacia el pasillo. La luz estaba apagada. Pero entraba algo de claridades de la sala. Ahí, ahí vi a mi hija. Estaba sentada en el suelo, justo afuera de su cuarto, mirándose al pasillo mientras hablaba con alguien. No alcancé a escuchar lo que decía. Solo su voz. En la pared del pasillo se proyectaba su sombra por la luz que venía desde la sala. Pero no era la única sombra que se reflejaba. Había otra más. Era más alta que la de ella, como si alguien estuviera de pie frente a mi hija. Me quedé quieto unos segundos tratando de entender que estaba viendo. Y en cuanto avancé un paso hacia ella, la segunda sombra desapareció. Mi hija volvió a verme como si nada hubiera pasado. La llevé a su camino y no mencioné lo que había visto. Y aún así seguimos pensando que todo tenía alguna explicación, que todo tenía que tenerla. Tal vez era la luz de la calle entrando por alguna ventana, o una sombra que se movió cuando yo caminé. Unos meses después ocurrió algo que me hizo recordar esa noche. Habíamos contratado a una niñera para que se quedara con nuestra hija un par de tardes a la semana y cuando salíamos de noche. Era una estudiante de high school, de preparatoria, que vivía cerca y parecía una chica muy responsable. Un día cuando regresamos a casa muy tarde después de una reunión de nuestro trabajo, nos dijo algo con mucha incomodidad. Nos preguntó si nuestra hija solía levantarse en la madrugada. Le dijimos que sí, que a veces hablaba dormida. Entonces nos contó que esa noche la escuchó hablando desde el pasillo, que se levantó para ver si estaba bien y la vio sentada en el suelo, justo afuera de su cuarto. Dijo que parecía que estaba platicando con alguien. Cuando le pregunté qué quería decir con eso, dudó un momento antes de responder. Luego nos dijo que cuando se asomó al pasillo alcanzó a ver a algo más, que junto a mi hija había otra silueta, como si alguien estuviera de pie frente a ella. La niñera lo que pensó fue que tal vez uno de nosotros había llegado antes y que no se había dado cuenta, pero cuando se acercó, se dio que no había nadie más. Y claro, esa noche nosotros no estábamos en casa, las únicas personas ahí, vivas por lo menos, eran ella y mi hija. Mi hijo empezó a dibujar desde muy pequeño, como todos los niños. Al principio hacía puras bolitas, palitos, círculos que según le eran personas o animales, y con el tiempo fue mejorando como es completamente normal. Lo curioso es que casi siempre terminaba dibujando lo mismo, una casa. No es raro que un niño dibuje casas, claro, muchos niños lo hacen, pero lo que nos empezó a llamar la atención era que siempre era la misma casita, con los mismos detalles repetidos una y otra vez, con ligeras variaciones, pero siempre lo mismo, como si eso es lo que estuviera en su cabeza. La puerta siempre estaba al centro, a la izquierda de la puerta había una ventana, y esa ventana siempre estaba rota, la esquina del vidrio, como si le faltara un pedazo. Debajo de la ventana dibujaba unas flores, y del lado derecho de la casa siempre hacía un árbol con una forma muy particular. El tronco subía recto, y luego se abrían dos ramas grandes, como una Y, una Y griega. Al principio no nos preocupamos porque pensamos que simplemente había inventado una casa en su imaginación y le gustaba dibujarla, que era su forma de practicar o de entretenerse. Pero los años pasaron, él fue mejorando cada vez más y la casa seguía apareciendo. Cuando tenía cinco años ya dibujaba mejor, las líneas eran muy claras y los detalles más precisos. La ventana rota seguía ahí, siempre del mismo lado. Las flores también. Y el árbol con forma de Y griega exactamente igual en todos los dibujos. Un día mi esposa le preguntó qué era esa casa. Y él dijo que simplemente era una casa bonita. Otros días yo le pregunté si era la casa de algún amigo suyo, o de algún familiar que nosotros no recordábamos. Y me dijo que no. Que era una casa donde vivían niños. Nada más. No supo o no quiso decirnos nada más. Pensamos que era simplemente imaginación de niño. Algo que había visto en una caricatura o en algún libro para colorear. Con el tiempo dejó de dibujar tanto como pasa con muchos niños. Empezó la escuela, luego el fútbol, luego otras cosas que le llamaban más la atención. La casa apareció cada vez menos en sus dibujos, hasta que un día dejó de dibujar por completo. Pasaron varios años para la siguiente parte de esta historia. Cuando mi hijo tenía 10 años, mi esposa y yo empezamos a buscar una casa para comprar. Por fin. Llevamos mucho tiempo rentando y ya queríamos algo propio. Y por fin daban los créditos. Hayamos visto varias propiedades, pero siempre había algo que no nos convencía. Y un día una gente nos habló de una casa que estaba a muy buen precio. Una gran oportunidad. Nos dijo que esas oportunidades eran raras en ese barrio. Que normalmente las casas ahí costaban bastante más. Que no iba a durar mucho en el mercado. Yo le pregunté obviamente varias veces si había algún problema con la casa. Y el hombre solo decía que era una casa vieja, pero sólida. Que no se iba a durar muchos años. Así que aceptamos ir a verla. Fuimos los tres un sábado por la mañana. Cuando llegamos a la calle donde estaba la casa, ya desde el coche mi esposo se quedó en silencio. Y yo también noté lo mismo, casi, casi al mismo tiempo que ella. La casa era exactamente igual a la de los dibujos. La puerta estaba al centro, a la izquierda había una ventana con el vidro roto en una esquina. Debajo de esa ventana había un pequeño espacio de tierra donde todavía crecían unas flores descuidadas. Y del lado derecho del terreno había un árbol, que subía recto y que se abrían dos ramas formando una ye perfecta. Nos quedamos unos segundos mirando la fachada y no dijimos nada. Mi hijo también estaba viendo la casa desde el asiento trasero, pero no parecía sorprendido ni asustado, solo la miraba con mucha tensión. Mi esposa me miró y entendimos lo mismo sin necesidad de hablar. No había forma de que entráramos en esa casa. Cuando la gente salió para recibirnos en la banqueta, le dije que habíamos cambiado de opinión, que preferíamos no verla por dentro. El hombre nos miró unos segundos, como si yo hubiera visto esa reacción antes. Después suspiró un poco y dijo que entendía. Nos explicó que normalmente prefería contar la historia de la casa después de que la gente ya había pasado a verla, pero que en nuestro caso no tenía sentido hacerlo después. Que hacía varios años en esa casa vivió una mujer con sus dos hijos pequeños. Una noche, la mujer mató a los dos niños dentro de la casa. Luego intentó quitarse la vida sin éxito. El caso salió en las noticias locales y se volvió algo muy comentado en el barrio. Desde entonces, la casa cambió varias veces de dueño, pero nadie se quedaba mucho tiempo y al final terminó quedándose vacía durante años. Por eso ahora la vendían tan barata. Nos quedamos escuchando en silencio. Nadie, nadie dijo nada durante unos momentos. Al final agradecimos la información y nos fuimos. Esa noche cuando estábamos en casa, me acordé de todos los dibujos que mi hijo hacía cuando era pequeño. La ventana rota, las flores debajo de la ventana, el árbol con forma de Y. Busqué en una caja donde guardábamos algunas de sus cosas de cuando era más chico y encontré todavía varios. No era nuestra imaginación. Eran... Eran prácticamente iguales a la casa que habíamos visto esta mañana. Lo más que extraño es que nosotros nunca habíamos pasado por esa calle antes de ese día, ni siquiera a ese barrio. Y mi hijo dejó de dibujar esa casa muchos años antes de que nosotros supiéramos que existía. En él, no hubo reacción. Simplemente fue como si fuera una casa cualquiera. Y le agradezco a Dios por eso. Qué les ha parecido el episodio hasta ahora, ¿comunidad? Les agradecemos por llegar hasta aquí. Y si nos escuchan en YouTube, les recuerdo que es muy, muy, muy importante su pulgar arriba. Es la mejor forma de ayudarnos a continuar con este proyecto. Y siempre tenemos como 300 mil reproducciones y solamente 10 mil likes. Así que, ¿qué está pasando con todos ustedes que que no nos dejan una muestra de que les está gustando el contenido? Si nos escuchas, en Spotify déjanos una calificación de 5 estrellas en el podcast. Y bueno, ¿dónde nos escuches? Apóyanos como te deje la plataforma para poder llegar a más gente. No se nos vayan a ir porque hay todavía más historias. Y habrá quien diga que dejamos lo mejor para el final, pero ya lo juzgarán ustedes. Comentenos cuál fue su historia favorita de hoy. Se acabó el descanso. Continuamos con más relatos de la noche. Muy buenas noches y gracias por dejarme ser parte de esta comunidad, y hoy compartirles mi historia. Les voy a hablar de un tiempo en el que vivíamos en una casa rentada, una casa vieja pero muy bonita, de las que todavía tienen pisos de madera y que se escuchan los pasos de todos como película de terror. Cuando nos mudamos, los dueños nos dijeron que algunas cosas se quedarían porque llevaban muchos años en la casa. Entre esas cosas había un par de cuadros colgados en el pasillo que conectaba la sala con las recámaras y que literalmente estaban fijados. Quitarlos, arriesgaba a dañarlos para siempre. Uno de esos cuadros era una fotografía antiguo en blanco y negro. Era la foto de un niño de unos 7 u 8 años, vestido con ropa formal, como los niños de antes. Tenía una expresión seria que siempre me pareció un poco extraña, pero nada más, no me daba miedo. Era simplemente una foto vieja más dentro de una casa vieja. Era parte de su personalidad, supongo. Un tiempo después empezamos a notar algo curioso con mi hija. A veces cuando pasaba por el pasillo, se tenía frente a la fotografía y se quedaba viéndola. Al principio pensé que simplemente le llamaba la atención porque los niños suelen fijarse en cosas que los adultos ni notamos, pero luego empezó a hablarle. De vez en cuando pasábamos por el pasillo y la veíamos parada frente a la foto, hablando bajito, como si estuviera platicando con alguien. Una tarde le pregunté con quién estaba hablando. Me respondió con total tranquilidad que con el niño. Pensé que era un juego y lo dejé así, pero con el paso de los días empezó a hacerlo cada vez más seguido. A veces le escuchábamos decir cosas mientras miraba la foto, y en una ocasión incluso la escuché reír. Cuando le preguntábamos qué hacía, siempre respondía lo mismo, que estaba hablando con el niño de la fotografía. Un día decidí preguntarle cómo se llamaba ese niño. Mi hija respondió de inmediato como si ya lo supiera desde siempre. Dijo que se llamaba Daniel. Eso sí me llamó la atención porque en ningún lugar de la casa decía el nombre del niño. La foto no tiró ninguna placa ni ninguna inscripción. Le pregunté cómo sabía su nombre y dijo que él mismo se lo había dicho. Mi esposa pensó que quizás nuestra hija había escuchado ese nombre en algún momento y lo había suciado con la fotografía. Los niños pueden hacer eso con mucha facilidad. Pasaron algunos días y dejamos de prestarle atención al asunto, pero una tarde, mientras estábamos limpiando el pasillo, me quedé mirando la fotografía con más cuidado. Se notaba que era muy vieja por el tipo de papel y por el marco desgastado, y me dio curiosidad saber quién, quién diablos era ese niño. Unos días después los dueños de la casa vinieron a revisar unas cosas del jardín que les pedimos. Aproveché para preguntarles por la fotografía en el pasillo. Le señalé el cuadro. Les pregunté si sabían quién era ese niño, si lo conocían. El hombre se quedó mirando la foto durante unos segundos antes de responder. Luego dijo que sí, que ese niño había vivido en esa misma casa muchos años atrás, que era el hijo de la familia que había sido dueña de la propiedad antes que ellos. Me dijo que el niño se llamaba Daniel, que ahora era un adulto, que era él el que les había vendido la casa a ellos. Cuando escuché eso sentí algo muy extraño, pero traté de no demostrarlo. Pensé que tal vez mi hija había escuchado ese nombre en alguna conversación que simplemente la había repetido, pero... Pero no es una explicación realmente razonable. Con el tiempo mi hija dejó de hablar con el niño de la foto, o al menos nosotros dejamos de notarlo. La vida siguió como siempre y el cuadro permaneció colgado en el pasillo mientras vivimos ahí. Pero siempre tuve esa duda. ¿Con qué hablaba mi hija? ¿Cómo supo el nombre del niño si no era un fantasma? ¿Si ese niño había crecido hasta convertirse en un adulto? Mi mamá dice que había algo más, aprovechándose de esa fotografía. Algo que quizás estuvo ahí desde que el verdadero Daniel habitaba la casa. Que por algo, que por algo Daniel la vendió en cuanto tuvo oportunidad. Muy buenas noches comunidad. Buenas noches Uriel. Si es hacerlo, gracias por contar mi historia. Sucede en San Luis Potosí, cuando vivíamos en una casa que nos prestó la abuela de mi pareja, que de hecho era al lado de la suya y la cuidábamos a ella a cambio de poder vivir ahí. Lo que les voy a compartir pasó ya al muy poco tiempo de llegar ahí, en esa etapa de acomodarnos y acostumbrarnos a la rutina de la señora, de aprender los ruidos normales en una casa vieja, de descubrir que puertas rechenaban. Mi hijo mayor, que en ese entonces era el único, siempre fue un niño muy inquieto. Corría por todos lados, y mentaba juegos con cualquier cosa y hablaba solo mientras jugaba. Por eso cuando empezó a hablar con un amigo imaginario no nos preocupó en absoluto. Muchos niños hacen eso y es completamente normal. Decía que se llamaba Tomás, y con el paso de la semana se empezaron a pasar pequeñas cosas en la casa que nos hicieron notar más ese nombre. La primera fue algo muy simple. Un día encontramos varios juguetes tirados en la cocina. Pensamos que mi hijo los había llevado ahí mientras jugaba y que luego se le olvidó recogerlos, pero cuando le preguntamos dijo que él no los había movido. Dijo que había sido Tomás. Le dijimos que no le echará la culva a un amigo imaginario y que recogiera sus cosas, pero poco a poco empezaron a aparecer otras situaciones muy parecidas. Un par de veces encontramos cajones abiertos en la sala. En otra ocasión apareció un vaso roto en el suelo de la cocina. Un día mi esposa dejó el control de la televisión sobre la mesa y más tarde lo encontramos tirado en el pasillo. Y cada vez que le preguntábamos a mi hijo qué había pasado respondía lo mismo, ¿Qué había sido Tomás? Llegó un momento sí en el que empezamos a molestarnos mucho con él, que lo regañábamos. Pensábamos que simplemente estaba haciendo travesuras y que usaba a ese amigo imaginario como excusa. Incluso le dijimos varias veces que no era buena idea culpar a alguien que no existía. Una tarde lo regañé porque encontramos varios de mis libros tirados en el suelo del estudio, y él como siempre insistió en que no había sido él. Me dijo algo que recordó bien, con escalofríos hasta hoy que lo escribo. Dijo que Tomás se enojaba mucho cuando nosotros decíamos que no existía. En ese momento lo que pensé fue que simplemente estaba inventando cosas para evitar problemas, pero hubo un detalle que sí me llamó la atención. Un día le pregunté cómo era Tomás. Mi hijo se quedó pensando un momento y luego dijo que Tomás no hablaba mucho, que casi nunca decía nada, solo movía cosas. Pasaron varios meses así. Para nosotros era evidente que todo lo que aparecía fuera de lugar en la casa era culpa de nuestro hijo. Si algo se caía, si algo aparecía en otro sitio, o si algún cajón estaba abierto, asumíamos que él había estado jugando ahí y lo regañábamos. Hasta que llegó el verano. Ese año decidimos que mi hijo pasaría dos semanas con mis papás en Aguascalientes, a poco más de dos horas de San Luis. Era la primera vez que se quedaba tanto tiempo fuera de casa, así que lo llevamos un sábado por la mañana muy triste y luego nos regresamos solos, extrañándolo pero también con ganas de estar esas dos semanas libres. La casa se había quedado completamente tranquila, o al menos eso estábamos pensando. Dos noches después mi esposa dejó un vaso sobre la mesa de la cocina antes de irnos a dormir, y a la mañana siguiente cuando bajé por café, el vaso estaba justo en el pasillo. Pensé que quizás alguno de los dos lo había movido sin darse cuenta durante la noche, pero no era así, y el vaso estaba parado, parado en medio del pasillo. Era ilógico que se hubiera caído y no se hubiera roto. Y esa misma tarde ocurrió algo más. Estaba leyendo en la sala cuando escuché un golpe en el estudio. Fui a ver qué había pasado y encontré varios de mis libros tirados en el suelo, como si alguien los hubiera empujado desde el escritorio. No había nadie en la casa. Durante eso sí ya seguimos encontrando cosas fuera de lugar. Un cajón abierto en la cocina, una silla movida en los sentidos de donde estaba antes. Incluso un juguete de mi hijo apareció en medio del pasillo, a pesar de que él estaba lejos y nadie había entrado a su cuarto. En resumidas cuentas, pasaron las mismas cosas que pasaban cuando él estaba en casa. La única diferencia era que, esa semana mi hijo estaba a cientos de kilómetros con sus abuelos. Cuando fuimos a recogerlo unos días después, mientras regresábamos en el coche, le hice una pregunta que llevaba varios días rondándome la cabeza. Le pregunté si Tomás seguía en la casa. Mi hijo me miró desde las cientos atrás y respondió con total tranquilidad. Dijo que sí. Dijo que Tomás nunca se iba, que solo esperaba a que alguien volviera para poder jugar otra vez. Le dedicamos una misa cada semana por años, pero las manifestaciones nunca se detuvieron.