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Speaker 1:
[00:06] Me dijeron que tuviera cuidado, que en ese puesto nadie quería estar porque había algo en el bosque, algo que definitivamente iba a escuchar, y si tenía muy mala suerte, iba a ver una mujer que andaba por las copas de los árboles. Las historias de esta noche son de militares, que sabemos que es un tema que a ustedes les fascina, les asusta, pero les gusta, como a todos relatos. Pero no solo eso. Además de hablar de fantasmas, los de la memoria y las almas en pena, de brujas y más. También nos haremos tiempo para una historia de una maldición que ha seguido por años a alguien en la comunidad y aún no sabe cómo escapar de ella y recuperar la paz. Les advierto que si escuchan, muy probablemente hoy no podrán dormir. Y si sueñan que les cuento una historia, una que nunca han escuchado aquí, una que atraviesa esta pantalla, este dispositivo, ya no es culpa de este, su podcast. Quizás es una señal de que estarás protagonizando el siguiente relato de la noche. Esto pasó cuando estaba destacado en un campamento militar en la sierra donde colintan dos de los estados más peligrosos de México. No voy a decir exactamente dónde, pero es una zona complicada. Y no tanto por enfrentamientos, sino por lo que la gente del lugar decía que andaba en el monte. Dentro de la base había un puesto de vigilancia que casi nadie quería cubrir. Era un pequeño claro rodeado de árboles muy altos. Desde ahí por la posición se veía un camino de terracería que bajaba hacia varios pueblos de la sierra. La razón por la que nadie quería ese puesto no tenía que ver con emboscadas ni con enfrentamientos. Tenía que ver con algo que varios soldados aseguraban haber escuchado, y que algunos incluso decían haber visto. La llamaban la señora de los árboles. Decían que algunas madrugadas se escuchaba una risa entre las copas de los árboles, una risa de mujer que definitivamente no venía del suelo, venía de arriba, entre las ramas. Al principio yo pensaba que era puro cuento para asustar a los reclutas nuevos, historias de esas que siempre aparecen cuando uno anda en el monte, hasta que me tocó ese puesto, y mi turno era en la madrugada. Subí con un compañero que me iba a relevar más tarde. Caminamos 15 minutos por una brecha y hasta llegar al claro donde estaba el puesto de vigilancia. Luego me dejó solo, pero antes de irse me dijo algo que me dejó pensando, que si escuchaba alguien reírse, nomás no mirar hacia arriba. Le pregunté por qué, solo se encogió de hombros y me dijo que porque a veces sí iba a ver a alguien, y luego se fue. El primer rato lo pasé tranquilo, la sierra estaba completamente oscura esa noche, no se veía nada, apenas se escuchaban los insectos y el viento moviendo los árboles. Después de un rato empecé a escuchar algo más, era como si alguien se estuviera moviendo entre las ramas de los pinos, pensé que podrían ser animales, ardillas, algún tlacuache, algo así. Pero entonces escuché la risa. Era una risa baja como de alguien tratando de contenerla. De mí a de arriba, dentro de los árboles. Sentí ese tipo de frío que no tiene que ver con el clima. Recordé lo que me habían dicho y traté de ignorarlo. Pero la risa volvió, y esta vez más clara, y más cerca. No sé cuánto tiempo pasó hasta que hizo lo que me habían advertido que no hiciera, y miré hacia arriba, y ahí estaba. Había una mujer entre las ramas de uno de los pimos, estaba sentada muy arriba donde las ramas ya son delgadas, demasiado delgadas para sostener el peso de una persona. Llevaba algo oscuro como un reboso o un vestido largo, y estaba riéndose, no se movía, solo estaba ahí como mirándose abajo. Me quedé completamente quieto sin saber qué hacer. En algún momento levantó una mano, y señaló hacia el camino de tercería que vigilábamos, y luego volvió a reírse. Instintivamente bajé la mirada hacia el camino, no vi nada, y cuando volví a mirar hacia el árbol, ya no estaba. Pensé que tal vez el cansancio me estaba jugando una mala pasada, pero unos minutos después escuché motores, varios, sin luces. Tres camionetas bajaban lentamente por el camino de la sierra. No traían los faros encendidos, solo se escuchaban los motores. Avisé por radio y en la base se activaron de inmediato. Las camionetas se detuvieron cuando vieron movimiento militar en el camino, después se dieron vuelta y se perdieron entre las frechas del monte. Cuando terminó mi turno regresé a la base, le conté lo que había pasado a uno de los sargentos. No pareció sorprendido, solo me preguntó una cosa, si le había visto arriba de los árboles. Le dije que sí. El sargento se quedó callado unos segundos y luego dijo que a varios les había pasado lo mismo. Le pregunté si sabían quién era esa mujer. Algunos dicen que son brujas que trabajan para los grupos que se mueven en la sierra, que se suben a los árboles para vigilar quién entra y quién sale, para vigilarnos a nosotros. Pero otros dicen que no tiene nada que ver con eso, que esa mujer lleva ahí mucho más tiempo que nosotros, mucho antes de que hubiera soldados, mucho antes de que hubiera camino. Yo no sé qué era comunidad, pero sí sé algo. Desde entonces creo en muchas cosas que antes veía solo como leyendas. Mi nombre es Roger y soy de Quito, Ecuador. Esto me pasó cuando hice el servicio militar voluntario. El cuartel donde me asignaron estaba junto a un bosque grande que el ejército custodiaba. Ese bosque ya tenía fama entre la gente de por ahí cerca. Decían que ahí habían pasado cosas muy malas durante años. Asesinos, suicidios de soldados, incluso historias de que en tiempos de un presidente mandaron a los opositores. Pero lo que más nos repetían los instructores no eran esas historias antiguas. Nos advertían de dos cosas muy concretas. La primera era una zona del bosque donde varios soldados habían quitado la vida colgándose de los árboles. Nos decían que si durante guardia sentíamos los hombros demasiado pesados, no debíamos voltear, nunca, porque algunos juraban que los colgados se les subían encima de los sentinelas, como si quisieran aliviar la presión que todavía sentían en el cuello. La segunda advertencia era todavía más rara. Nos dijeron que a veces a madrugada aparecían unas mujeres muy viejas vestidas de negro, que se metían al bosque sin permiso. Si llegábamos a verlas, nuestro trabajo era impedir que entraran, pero por nada del mundo, dejar que nos tocaran. La primera vez que me tocó guardia en ese lugar me asignaron uno de los turnos más pesados. De 12 y media de la noche hasta las seis de la mañana. Mi puesto iba desde el polígono de tiro, que era prácticamente la entrada al bosque desde el cuartel, hasta la zona donde empezaba un camino usado por civiles. Tenía que patrullar todo su tramo caminando. Un recorrido de unos 20 minutos. Esa noche hacía frío, lluvia ligero y había mucha neblina. Cuando empecé a subir hacia la parte donde estaban los árboles de los suicidios, ya estaba nervioso. No se veía casi nada entre la niebla. Mientras caminaba empecé a escuchar ramas quebrándose, como si alguien caminara entre los árboles. Después vinieron los susurros. Al principio no entendía qué decían, pero poco a poco pude distinguir ya varias voces repitiendo lo mismo. Esto, esto que voy a contar, es difícil de creer. Y yo mismo lo recuerdo muy borroso, como si hubiera sido un sueño, como si hubiera estado entre dormido y despierto. Las voces decían. Luego otra palabra.
Speaker 2:
[10:06] Firmes, firmes, firmes, firmes.
Speaker 1:
[10:15] Y de pronto un grito fuerte como de mando. El susto fue tan grande que me di vuelta de inmediato. Al lombrar con la linterna, había un hombre parado detrás de mí. Llevaba un uniforme militar. Por un segundo pensé que era el sargento de Ronda. Ellos solían aparecer sin avisar para revisar que nadie se duerma en el puesto. Pero algo no estaba bien. El uniforme que llevaba se veía viejo. Muy viejo. Y cuando levantó un poco más la luz, pude verle la cara a comunidad. Estaba muy morada. En ese momento recordé lo que nos habían dicho los instructores. No dije nada. Solo me di la vuelta y seguí caminando. Pero mientras avanzaba empecé a sentir algo raro. Mis hombros pesaban cada vez más. Como si alguien se estuviera apoyando sobre mí. Mire mi reloj. Eran las 3.31 de la madrugada. Y entonces escucho otra vez el grito. FIRME, ¡SRECLUTA! No sé por qué, pero en ese momento levanté la mirada y lo vi.
Speaker 2:
[11:27] Era...
Speaker 1:
[11:28] Creo que era el mismo militar. Esta vez parado sobre mis hombros. Vi cómo... Cómo la cuerda todavía colgaba de su cuello. No recuerdo bien qué pensé en ese momento. Sólo me salió decir casi por reflejo. Ya, mi sargento. Déjeme patrullar en paz. Usted ya debería descansar. Salí corriendo de esa zona. Cuando dejé atrás los árboles sentí que el peso desaparecía. Me senté un momento para recuperar el aire. Para entonces ya eran casi las cuatro menos diez. Decidí no volver a pasar por esa parte del bosque esa noche. Un rato después vi una luz acercándose por el camino. Era el verdadero sargento de Ronda revisando los puestos. Firmé mi asistencia y él siguió su camino. Todo parecía haberse calmado, pero todavía faltaba que amaneciera. Serían más o menos las cuatro y cuarto cuando vi a alguien intentando meterse al bosque por la entrada. Tomé el fusil y me acerqué. Cuando lumbré vi la silueta de una mujer pequeña vestida completamente de negro y con un velo. Me habló con una voz de anciana. Buenas noches, joven. Sólo estoy pasando. Ese es un atajo para ir a la casa de mi hijo. En ese momento recordé la otra advertencia. Retrocedí un paso y le dije que esa zona estaba restringida hasta las seis de la mañana. Ella empezó a acercarse más a mí. Primero hablaba como una abuela indefensa. Decía que era una persona mayor que debe ayudarla. Pero mientras avanzaba su voz empezó a cambiar. Más dura. Una voz muy enojada. Intentaba tomarme de la mano. Yo solo seguía retrocediendo sin dejar que me tocara. Llegó un momento en que rastrellé el fusil por puro instinto. Justo entonces escuché pasos corriendo. Dos mujeres jóvenes, también vestidas de negro, llegaron por el camino y tomaron a la anciana del brazo. Dijeron que era su abuela. Se disculparon y se la llevaron. Se fueron por el camino hasta desaparecer en la neblina. Cuando por fin amaneció, sentí un alivio enorme. Esto también me pasó durante el servicio militar, en el mismo cuartel del que hablé antes. Después de aquella noche en el bosque me tocó otra guardia, unas semanas más tarde, pero esta vez en un puesto fijo. Era una agarita algo alejada de esa zona, aunque seguía estando dentro del bosque. El mismo turno de 13 de la madrugada hasta las 6. Ese maldito turno. A esa hora todo se vuelve extraño en el cuartel. El mundo parece detenido. No se escuchan motores ni voces. Solo el viento moviendo los árboles. Ok, eso estuvo raro. Solo el viento moviendo los árboles. Los relevos normalmente llegan unos cinco minutos antes de que termine el turno, para poder entregar el equipo y las consignas con calma. Así que cuando empezó mi guardia, yo sabía que nadie debía aparecer antes de las seis. La primera media hora pasó tranquila, pero cerca de las cuatro empezó a bajar el neblín otra vez. En cuestión de minutos, todo quedó cubierto, apenas habían los árboles más cercanos. Empecé a escuchar pasos, lo peor era que no parecía ser una sola persona, eran varios pasos corriendo, y lo más inquietante es que parecía que estaban dando vueltas alrededor de la garita. Encendí la linterna y elumbrése a todos lados, pero no había nadie. Los pasos siguieron unos minutos más, y luego se detuvieron de golpe. El silencio volvió. Justo cuando empezaba a relajarme sentí algo muy frío cerca de mi oído, como una corriente de aire, y enseguida escuché un silbido, muy, muy cerca. Después una voz. Seamos amigos. Me giré inmediatamente y no había absolutamente nadie. No voy a mentir. En ese momento estaba muy nervioso. Solo quería que llegara la hora del relevo. Un rato después, desde abajo de la garita escucho una voz conocida. Sentinela, relevo.
Speaker 2:
[16:33] Me asomé.
Speaker 1:
[16:34] Vi unos metros acercándose a uno de mis compañeros. Dormíamos en el mismo dormitorio así que reconocí su voz enseguida. Eso me confundió un poco porque todavía faltaba mucho para las seis. Desde ahí le dije, Bodi, todavía no es hora. Él se rió un poco y me explicó que lo habían castigado y que por eso lo mandaron a relevar antes. No me pareció tan raro, en el cuartel esas cosas pasan, así que dejé ahí mi equipo, bajé y me fui. Mientras me alejaba noté algo extraño, hacía mucho frío de repente, pero en ese momento la verdad no le di importancia. Cuando llegué al dormitorio ya casi nadie estaba despierto, me acosté pero no logré dormir. Alrededor de las cinco y media empezaron a sonar las alarmas de los otros compañeros que debían ir a revelar los huesos de las seis. Todos comenzaron a levantarse y entonces vi algo que me… que de verdad hizo que se me bajara la sangre de la cabeza. Mi compañero, el mismo que supuestamente me había relevado, estaba todavía en su cama. Apenas se estaba levantando. Me miró y me dijo, body, ¿qué haces aquí? ¿No estabas de guardia? No supe qué responder, solo le dije que no me sentía bien y que había dejado el equipo con el sargento de Ronda. Él se fue a hacer su relevo normalmente. Hasta hoy, hasta hoy tengo duda de quién me hizo el relevo aquella noche. Comunidad, gracias por continuar por acá. Como siempre, les voy a decir, compren el libro de Relatos de la Noche y esperan un anuncio muy importante, muy, muy importante, en las próximas semanas. Nos vamos a ver pronto. El enlace está en la descripción, como siempre, por si lo quieren comprar en línea. Si lo ven en una librería, pasen la voz. Continuamos. Hola Uriel, me llamo Cecilia Valenzuela y te escribo desde Tabasco, en el sureste de México. Llevo años escuchando Relatos de la Noche, primero en YouTube y ahora también en Spotify. Durante mucho tiempo no te he encontrado lo que le ha pasado a mi familia y a mí, porque es algo que casi nunca hablamos con otras personas. Esta es la primera vez que lo escribo para alguien fuera de mi familia, desde un camión de pasajeros. Para que se entienda bien lo que me ocurrió hace unos años, tengo que empezar mucho antes, con mi abuelo. Mi abuelito se llamaba Samuel. Cuando él tenía unos 16 años vivía en un pequeño pueblo y visitaba escondidas a mi abuela por las noches, porque en ese tiempo sus padres no probaban la relación. Él siempre contaba que en una de esas noches, mientras caminaba cerca del rastro del pueblo, escuchó que alguien lo llamaba desde la oscuridad.
Speaker 2:
[19:54] Samuel, ven, ¡acércate que no muerdo!
Speaker 1:
[20:01] La voz venía desde los más negros de la noche. Después de esas palabras, escuchó una risa que decía que que todavía le erizaba la piel cuando la recordaba. Mi abuelo salió corriendo de inmediato y mientras corría tropesó con algo en el camino y cayó al suelo. Cuando levantó la mirada, vio una figura parada frente a él. Decía que era un animal de más de dos metros de altura. Su piel era oscura, casi negra, con muy poco pelo. Lo que más recordaba eran las patas. Terminaban en pezuñas como lació un cerdo. Y en la cara tenía cuernos y una boca llena de dientes que chocaban entre sí, produciendo un sonido muy extraño. Mi abuelo perdió el conocimiento por el miedo, por el impacto que se yo. La siguiente cosa que recordó fue despertar en casas de mi abuela. El hermano de ella lo había encontrado tirado en el camino cuando regresaba de un baile y lo llevó hasta la casa para ayudarlo. Mi abuelo tardó muchos años para contar lo que había visto aquella noche. Los años pasaron, mis abuelos se casaron y tuvieron siete hijos. Compraron una casa pequeña donde crecieron todos mis tíos. Pero en esa casa comenzaron a pasar cosas extrañas. Apariciones, ruidos en las noches, sombras que se movían por los pasillos. Mi familia dice que con el tiempo se acostumbraron a vivir así. Una de mis tías, por ejemplo, estaba un día barriendo el patio cuando sintió un viento muy fuerte que levantó todas las hojas que estaba juntando. Por alguna razón, desde ese día empezó a sufrir ataques epilepsia que nadie pudo explicar. Con los años, doce mis tíos murieron de formas trágicas. Uno se ahogó y otro enfermó de algo que se lo llevó en cuestión de una semana. En ese tiempo, había un hombre cercano a la familia que desea tener el don de ver... de ver otros planos. Cuando fue al velorio de uno de mis tíos, pidió hablar a solas con mi abuelo. Le dijo que algo lo había seguido desde aquella noche en el rastro del pueblo. Que eso estaba pegado a él. Y que lo había visto desde el momento en que entró a la casa por primera vez. De hecho, tiempo después intentaron hacer un ritual para quitar aquello. Pero según mi abuelo nunca lograron terminar el trabajo. Por una u otra razón. Mucho tiempo después nací yo. Cuando era pequeña mis papás vivieron un tiempo en Chiapas, donde vivía mi abuela paterna. Mi mamá siempre cuenta que mi abuela decía que yo tenía un don. Que yo iba a seguir con esa tradición. Cuando tenía unos dos años hablaba mucho con alguien al que yo llamaba el viejito. Y todos menos mi abuela pensaban que era un amigo imaginario. Como les pasa a muchos niños. Pero un día mi abuela confirmó sus sospechas. Ella estaba acostada cuidándome cuando escuchó un ruido en el altar que tenía en la casa. Al salir vio algo que según ella pareció un anciano encorvado sentado. Y yo estaba entre sus piernas. Decía que las manos de ese viejo eran como tenazas. Cuando gritó una oración y correció a mí, aquello salió corriendo y dice que era como si hubiera desaparecido del cuarto a donde entró. Que sólo quedó un olor muy fuerte como algo podrido. Mi mamá se asustó mucho por lo que dijo mi abuela. Y decidió alejarse de esa familia. Los años pasaron y todo parecía haberse quedado en el pasado. Y ya cuando tenía alrededor de 18 me mudé a la Ciudad de México. Trabajaba en una cafetería mientras estudiaba en la preparatoria. Un día llegó una señora que nunca había visto por el café y así de la nada me dijo. Traes un muerto contigo desde hace mucho. Me dijo, sin que yo le preguntara nada, que alguien me había ofrecido algo para poder ver cosas que otros no ven. Me dio una tarjeta y me dijo que si no creía en lo que decía, esa misma noche me harían creer. Les juro que pensé que estaba loca, que pensarían ustedes, pero esta noche sí pasó algo. Vivía con dos primas, una de ellas estaba en la casa conmigo. Yo estaba en mi cuarto haciendo una tarea cuando mi prima me preguntó desde la puerta si quería café o té. ¿Le dije. qué café? De pronto escuchamos ruidos en la cocina, como si alguien revisara en los cajones. Fuimos a revisar. Todo estaba en su lugar. Las ollas, los cajones, todo. Todo bien. Regresamos al cuarto sin entender qué había pasado. Apagamos la luz. Y entonces...
Speaker 2:
[25:21] ¿Quieres café o té?
Speaker 1:
[25:25] Escuchamos una voz detrás de nosotras. Salimos corriendo del cuarto. Esa noche nos acurrucamos en la sala. Los ruidos siguieron durante toda la noche, en diferentes partes de la casa. Pero al menos ya no escuchamos esa voz. Al día siguiente recordé la tarjeta que me había dado la señora y decidí llamarla. Me dijo que fuera su casa en Naucalpan. Fui con mi prima. Cuando llegamos nos hicieron pasar. Había otra persona con ella. Un hombre que de solo verlo me incomodaba. Me hicieron sentarme y comenzaron a hacer un ritual. Encendieron hierbas, rezaron en una idioma indígena. En medio de todo eso sentí un olor horrible, como algo muerto. Y escuché un susurro detrás de mí, uno que ella parecía no haber escuchado. Después de un rato, la señora dijo que todo había terminado, que yo traía un muerto pegado de esa niña y que mi abuela lo había invocado. Luego me cobró sus servicios. Pensé que todo había quedado ahí, pero fue al contrario. Las cosas comenzaron a ponerse peor. Ruidos en la casa, puertas que se cerraban solas, fuertes, sin razón. Moscas que aparecían de la nada. Hasta que una noche pasó algo que todavía me parece peor.
Speaker 2:
[27:03] Horrible.
Speaker 1:
[27:05] Estaba en videollamada con mi novio. Estábamos hablando de un viaje que queríamos hacer, cuando de pronto él se rió nerviosamente. Me dijo, salúdame a tu prima. Le dije que estaba solo en la casa y él insistió. Dijo que desde hacía rato veía alguien pasando detrás de mí, y que incluso acababa de asomarse por la puerta, como si quisiera escuchar la conversación. Sentí que todo el cuerpo me empezó a temblar. Bajé las escaleras para salir de la casa. Mientras lo hacía sentí que algo me tocó el hombro. Caminé rápido y llegué a la sala, y antes de prender la luz del pasillo vi algo en la oscuridad. A un hombre sentado en la cabecera de la mesa del comedor. Estaba con las manos juntas, como si estuviera rezando. No levantaba la cabeza. Pasaron unos segundos, literal tres o cuatro, y luego se puso de pie. Ahí corrí hacia la puerta, no iba a esperar saber qué hacía. Me salía el pequeño jardín que teníamos enfrente. Me senté afuera, frente al departamento de un vecino, llorando mientras esperaba el taxi que pedís desde el teléfono. Desde ahí, antes de irme, pude ver las luces encenderse dentro de mi casa, y sombras moviéndose detrás de las cortinas, como si hubiera varias personas adentro. Escribo hoy mi historia porque ya no sé qué hacer, porque espero que haya alguien que pueda ayudarme en la comunidad. Aquí, en Relatos de la Noche, hace apenas unos días volví al pueblo. Alguien muy cercano me dijo que aquello que vio mi abuelo hace tantos años sigue aquí, y que no solo está en el pueblo, que está conmigo. Incluso ahora, mientras escribo esto en el camión de regreso a la Ciudad de México, siento como si alguien estuviera respirando detrás del asiento donde voy. Un asiento que sé que está vacío.